I am the passenger

Sí, parezco la eterna pasajera. Mucha gente se queda pasmada cuando le digo que, a mis veinticinco años, no me he sacado el carné de conducir todavía. Y no es que esté orgullosa de ello, pero tengo mis motivos para no darle prioridad a este tema. Personales y profesionales. No, no os traicionan vuestros ojos: he dicho «profesionales». Os creo cuando me decís que poner en el curriculum que se tiene el carné es un plus a la hora de buscar curro, pero en mi caso da un poco igual. Si me dejáis, os lo explico.

Los motivos personales son la clásica pereza y el desdén por mi escaso interés por los coches y el mundo del motor en general, que explican mi gran reticencia a invertir ahorros en la causa (aunque tampoco me hace mucha gracia que digamos pagar el tasazo de la Espe). Mis piernas inquietas tiran de mí también para que corra todas las mañanas para coger el autobús o para marcarme una carrera de obstáculos en el metro. Estar quieta mucho tiempo me mata, y los atascos pueden con mi paciencia. También detesto depender de sitios para aparcar en la gran ciudad.

Pero bueno, vayamos al motivo profesional, que es el que realmente nos concierne y el que os intrigará, si es que he conseguido intrigaros lo más mínimo. La ventaja de ir en transporte público para mi profesión la he descubierto hace bien poco, cuando he empezado a traducir y subtitular pelis, series, documentales y todo aquello que requiere bajar a la calle para acercarse a la oralidad, al lenguaje coloquial. Si pasas el día entre cuatro paredes para luego meterte en la burbuja del coche e ir al gimnasio o tomarte un café con la amiga de siempre, tu traducción audiovisual pierde riqueza, naturalidad y verosimilitud. Vaya, que siempre traduces OK por vale y tus frases huelen a traducción y a Real Academia que tiran para atrás, o bien a la jerga de tu grupo de amigos o de tu familia.

Como me han dicho muchos profesores del posgrado, y he podido comprobar por mí misma, para traducir la oralidad hay que escuchar a la calle, igual que para traducir o escribir literatura hay que leer literatura. La calle se queja, la calle blasfema, la calle interrumpe frases para soltar carcajadas, la calle habla entre dientes, la calle construye frases con muletillas, la calle piropea, la calle marujea, la calle trabaja. Y qué mejor lugar últimamente que los autobuses, trenes y metros para sacar la antena y tomar nota. Allí puedes encontrar desde un vagabundo hablando solo hasta un hombre de negocios hablando por el manos libres (que también parece hablar solo). Desde un pitagorín que comenta un examen hasta un freak que comenta la última pantalla que ha pasado en un videojuego. De verdad, es una gozada. Además —y volviendo a los motivos personales—, sientes la calle, la vida, la ciudad. Por eso suelo ir sin cascos últimamente, y por eso a veces me siento (de «sentar», no de «sentir») sola en un bar a tomar un café o una caña.

«¿Y qué hace esta en vacaciones?», os preguntaréis. Pues sí, es verdad, llegan las vacaciones de verano y ser pasajera pierde la gracia y la utilidad, y mi sólida torre de argumentos se desmorona: ay, ¿cómo voy a llegar en autobús a esa playa recóndita del Cantábrico? Habrá que hacer autoestop.

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17 Respuestas a “I am the passenger

  1. Tienes más razón que una santa. En periodismo ocurre exactamente lo mismo, porque las historias viajan en autobús, en tren, o por la calle sin más. Pero si bien en Madrid estás cargada de argumentos, por aquí arriba, en Asturias, el castillo de naipes se cae a toda velocidad: es imposible llegar de Oviedo a Gijón un viernes a las 12 de la noche si no es en coche; los trenes a Galicia no existen; y la mayoría de núcleos de población que no sean Avilés o la capital requieren de trayectos de más de una hora en incómodo autobús de paradas o bien, de coche.

    • Pues sí, majo, ahí arriba no te quedará más remedio que aplicar tu cita célebre: «Al final, todo se reduce a los bares». El verano pasado pude comprobar las fantásticas comunicaciones que ofrece el norte al tardar nada más y nada menos que seis horas en ir de Ponferrada a Ribadesella. Y bueno, eso es un lujo comparado con lo que ocurre en Soria, que está a 100 km de Aranda de Duero y una amiga tuvo que ir de Aranda a Madrid y de Madrid a Soria para poder venir a visitarme al pueblo.

      Pues eso, en esos casos, a la taberna.

  2. muy bien Sara, estoy totalmente de acuerdo y más aun desde São Paulo, donde he vivido los atascos más infinitos de mi vida.

  3. Parece que he escrito yo esta entrada!!

    Yo me saqué el maldito carné hace un año y tengo 32. Para mí los coches, como para los antiguos apaches, son unos instrumentos del diablo que meten ruido…
    Siempre he ido de paquete y no veas ahora lo gallito que me pongo al volante!!

    Gran canción, gran texto.

    Saludos, Sara!

    • Muchas gracias por tus palabras, Armando. Además, me has hecho reír en alto (en un bus, precisamente) al imaginarte de gallito al volante de tu buga. Cuando saque el carnete nos marcamos una carrera en plan makis, jajaja.

  4. Hola, Sara, ¡qué genia! Me encantó tu artículo. Y tienes toda la razón, para pasar desapercibido en la traducción audiovisual, hay que ser lo más natural posiblea, y para eso, hay que vivir la cultura de tu país. Yo sí manejo, pero porque en Caracas es más seguro andar en coche que en transporte público (por la inseguridad), aunque te diré que aún manejando te asaltan ¡jajajajajaja! Así que de ninguna manera te salvas. Pero, en fin, algo que me encanta de Europa es que puedes caminar, puedes explorar, puedes vivir tu ciudad. ¡Un abrazo!

    • Natalia, ¡qué honor que comentes mi blog! Es importante eso que dices de vivir la cultura de tu país: no basta con vivir en él como algo circunstancial, hay que empaparse. Yo puede que en Caracas cometiera la locura de tomar el transporte público aunque suele fuera para degustar el sabor callejero, jejeje. A ver si nos conocemos algún día en tu país o el mío. En fin, gracias por pasarte 🙂

      • ¡Jajajajajajaja! Todos los extranjeron que vienen a Venezuela hacen lo mismo. Si vienes, te acompañaré a que degustes el “sabor callejero”, no dejaré que lo hagas sola, ¡ni loca! Buenas noticias: seguramente iré a tu país el año que viene 😀 Sí, falta mucho, pero voy a hacer varias visitas.

  5. Bien dicho, Sara!
    Muy buena reflexión, sí señor.

  6. No te preocupes, Sara, yo me lo saqué a los 28 y no precisamente por el curriculum, sino más bien por necesidad, ya sabes.
    Llevas razón en una cosa, el coche puede resultar cómodo hasta cierto punto, pero también te aísla. Yo rara vez voy en transporte público, pero cuando lo hago disfruto mucho observando el paisaje y el paisanaje y, como tú, sacando la antena, no lo puedo remediar y además es casi inevitable escuchar las conversaciones de la gente. Creo que, en el fondo, somos todos un poco “écouteurs”, por no decir fisgones, ¿o no?
    En tu profesión veo que además tiene grandes ventajas estar al tanto de lo que dice el ciudadano de a pie; eso sí, a mí el coche me da cierta libertad, lo que no quiere decir que tenga que ser siempre el mejor modo de transporte. Sólo es una opción más. ¡Ojalá viviéramos en ciudades más habitables y sostenibles!, sería todo más razonable.

    • Gracias, mamá, por tu apoyo y tus reflexiones, que comparto totalmente. Y no te preocupes, que me sacaré ese carné que llevo tanto tiempo prometiendo. Como dicen mis amigos aquí arriba, no todas las ciudades son como Madrid en lo que respecta al transporte público. Habrá que lograr el equilibrio perfecto entre el transporte, el coche y la bicicleta, ese medio tan maltratado aquí donde vivimos.

      Eso sí, yo seguiré fisgoneando, sea como sea 😉

  7. En esto de conducir, Sara, has salido a tu padre. Lo importante es que nos conduzcamos a nosotros mismos, que no es tan fácil. Tú lo haces muy bien -ya sabes que eres mi debilidad- y, aunque no siempre estemos de acuerdo en todo -eso sería horroroso-lo estamos en lo principal. Ah! Escribes muy bien. Deberás cultivarlo más.

    • Gracias, páter. No podía escribir ni conducirme mal teniendo el padre y la familia que tengo. Tengo buenos modelos y aún me queda mucho por mejorar, pero hay que empezar intentándolo 🙂

  8. Gracias a no conducir en Australia, conozco mi ciudad y voy comprendiendo la cultura que me rodea.

    Gracias al transporte público, y a mis piernas (privadas), he aprendido mucho sobre el comportamiento humano, sobre la adolescencia, sobre la inmigración, sobre los conflictos de las personas y la manera de resolverlos, y sobre la comunicación (verbal y no verbal); conocimientos, todos ellos, imprescindibles en mi profesión. Si me aíslo del mundo, me queda poco más que la teoría.

    Eso sí, de vez en cuando me dejo conducir, que del “chófer”, del taxista y de los atascos también se aprende. Y me permito conocer lugares poco accesibles o lejanos, que de otro modo no podría llegar a ver jamás.

    Algún día me armaré de valor, y conduciré sentada en el asiento de la derecha, cambiando de marcha con la izquierda, adelantando por la derecha y circulando por el carril izquierdo. Supongo que eso llegará cuando a nuestra vieja furgoneta, no tengamos que lanzarla por una cuesta para que arranque.

    Un beso desde las antípodas

    • Gracias, Jime, por tu valiosa aportación como pasajera. ¡Qué bien escribes y qué poco nos lo dejas ver! Me ha encantado lo de “piernas (privadas)”, jaja. Estoy deseando conocer esos sitios y esas gentes que descubres como pasajera o como conductora 😉

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