Preámbulo a las instrucciones para configurar un smartphone

Piensa en esto: cuando te regalan un smartphone te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el smartphone, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, coreano, con ocho megapíxeles; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te meterás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que pegar a tu cuerpo para poder oír su vocecita desesperada que sale de tu bolsillo. Te regalan la necesidad de cargarlo todos los días, la obligación de cargar la batería para que siga siendo un smartphone; te regalan la obsesión de atender a la última conexión de quien no responde, a las redes sociales, al wifi gratuito. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu smartphone con los demás smartphones. No te regalan un smartphone, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del smartphone.

Me he tomado la libertad de adaptar a nuestros tiempos el «Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj»[1] de Julio Cortázar, y lo he hecho a modo de autocrítica tras la vuelta de unas vacaciones entre comillas; unas vacaciones en Régimen Especial de Trabajadores Autónomos —¡ay, ilusa de mí, que pensé que ser autónoma era sinónimo de libertad!— en las que no he gozado el placer de la incomunicación en ningún momento, atacada como estaba por los dardos agridulces de los incansables arqueros laborales, sintiéndome por momentos como los bazares chinos del centro de Madrid, abiertos las veinticuatro horas del día, solo que, en vez de vender clandestinamente alcohol a horas intempestivas, enviaba correos en días de guardar.

Un buen amigo mío me contaba este verano, en una de mis escapadas con un pie allí y otro en el correo, con el portátil a cuestas, que cuando come con su madre deja el móvil en casa. Y me dio envidia. Lo vi libre por las calles, autónomo de verdad. Como cuando no teníamos móvil y no faltábamos a las citas. O cuando teníamos móviles normales, con los que escribíamos mensajes cuando teníamos algo que decir y nadie sabía a qué hora nos habíamos acostado si no se lo contábamos nosotros. Yo también quiero cortar las cadenas que me atan a la comunicación constante, aunque no sé si ya es demasiado tarde. Al fin y al cabo, cada generación tiene su chisme esclavizador y, una vez regalado, Cortázar tiene la palabra. La clave estará en domarlo antes de que él lo haga.

Feliz vuelta al cole.


[1] Publicado en Historias de cronopios y de famas (1962).

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22 Respuestas a “Preámbulo a las instrucciones para configurar un smartphone

  1. ¡Bravo, Sara! Cortázar estaría orgulloso de ti. Y se reiría de que, cincuenta años más tarde, sigamos siendo esclavos de alguna máquina del diablo. Hay que intentar despegarse del móvil, o hacer que “se te caiga al suelo y se te rompa”.

  2. ¡Claro que es posible! ¡Cuando quieras! Si es antes de que empiece el frío mejor. La Almunia en otoño se pone preciosa.

  3. ¡Fantástico, Sara! La reflexión crítica sobre nuestras esclavitudes es el principio de la liberación. Así me quité yo de fumar

  4. Este verano pase unos días en Andorra, donde mi smartphone no funcionaba por problemas con la red de telefonía. Me resulto una experiencia maravillosa instalarme, aunque por unos días solamente, en la incomunicación.

    Aprovecho para compartir una inquietud: ¿qué pasa con las generaciones recientes? ¿Compartirán este sentimiento?

    • Gracias por pasarte, Jorge. Yo, cuando no trabajaba por mi cuenta, también amaba esos momentos sin cobertura. Sin embargo, ahora me estresa pensar que estoy perdiendo posibles trabajos. Tengo que cambiar el chip.

      Las generaciones recientes no sé si llegarán nunca a saborear la verdadera libertad, así que igual no la valorarán. Tendrán en el futuro chismes más esclavizadores aún, supongo. Creo que la serie Black Mirror, una hipérbole de nuestra sociedad tecnológica situada en un futuro incierto, reflexiona muy bien sobre esto. Sobre todo en el aspecto del impacto de las tecnologías en las relaciones humanas. Si no la has visto, te la recomiendo.

      • A mí las últimas generaciones me dan pena, sinceramente. Tanta cabeza agachada en el autobús, tantos amigos que quedan y ni se miran, tanta inmediatez, tanto déficit de atención… Y la serie de Black Mirror me fascina, pero da mucho miedo porque nos hace ver que es hacia donde nos dirigimos, si es que no hemos llegado ya. Si el futuro es esto, me vuelvo al pasado. Que alguien invente la máquina del tiempo. Pero que la invente ya.

      • No, nada de volver al pasado, Mireya. Lo que hay que hacer es avanzar con inteligencia. Series como Black Mirror, y escritos como el de Cortázar, nos bajan a la tierra para evitar desastres.

  5. Muy bueno Sara. A mí me gusta este avance, porque me acerca más a la familia y a los amigos, pero es verdad que esclaviza bastante.

  6. Saludos desde Alemania,
    Benedikt

  7. Felicidades por tu blog, Sara. Suerte que pusiste tu periodo de vacaciones en nuestro sistema porque también pensé en ti para un encargo… Somos esclavos y tanto. ¡Un abrazo!

  8. Genial. A mi tontophone y a mí nos encanta, ya lo habrás imaginado 😉
    Hace un par de veranos estuve en Francia una semana y se me olvidó conectar el roaming ese antes de salir. Cuando crucé la frontera y vi que me había quedado sin móvil sufrí un segundo de pasmo y enseguida, una sensación de paz que… es que no sé ni cómo describirla… Uf…

    • Gracias, bonita. Yo recuerdo cuando en Valdeavellano solo había cobertura (una rayita) en una esquina del huerto. Ahí me iba a hablar con las amiguitas y con los chicos. Era como un reducto de comunicación con el mundo. El resto del día, libertad. Leer sin parar, tumbarse en el prao, jugar a las cartas… Hay que desconectar.

  9. Ay, ¡qué gran verdad, Sara! Y decían que lo llamaban “libertad”… El otro día me dejé el smartphone en casa de mi hermano y no veas la “triquinosis” que me entró al día siguiente cuando salí a la calle y no sabía si me habrían enviado algún correo importante (que al parecer, así fue). Ya casi que el smartphone forma parte de nuestro cuerpo… Para bien o para mal.

    Un saludo y enhorabuena por la entrada,

    Pablo

    • Gracias, Pablo. Tú sabes MUY BIEN de lo que hablo. Hay que dejarlo para lo imprescindible. A veces estamos más pendientes de compartir lo que hacemos que de hacerlo. Hay que descansar algunos ratitos de móvil.

  10. Tu escueta, catastrofista y autónoma amija

    Estamos jodidos

  11. Hola Sara, fue revelador encontrar tu post. A mí también me inquieta mucho este tema, justo me encuentro trabajándolo en un par de tareas de la escuela (de la maestría de dirección escénica). Te recomiendo un libro que me también me recomendaron, es “La generación postalfa”, habla justo de los efectos de ser una sociedad sobreinformada. Es de Franco Berardo Bifo. Es preocupante que la saturación de información (la que nos llega y la que respondemos) nos esté llevando entre otros efectos a la ansiedad y a la deshumanización… no podemos estar bien con nosotros mismos ni con los otros. Muchas gracias por compartir tu hallazgo en la adaptación del texto de Cortázar. Irina

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