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Doblajes salvajes, ¡grrr!

salvaje.

4. adj. Sumamente necio, terco, zafio o rudo. U. t. c. s.

Hoy la cosa va de salvajadas en doblajes, sí, pero antes una aclaración. Como habréis podido comprobar si habéis leído mis anteriores entradas, aunque como espectadora prefiera la versión original subtitulada, respeto el doblaje como opción para el espectador y como industria. He podido ver muy de cerca el complejo proceso que implica, y conozco a muchos profesionales que miman los doblajes que dirigen o supervisan casi como si fueran sus hijos. El doblaje no es precisamente un proceso en el que haya lugar para la dejadez. A los que no lo conocéis os sorprendería la cantidad de fases, verificaciones y controles de calidad por los que pasa el guion que entrega el traductor hasta llegar a los oídos de los espectadores de la copia doblada. De hecho, como muchos ya sabréis, las traducciones originales no son más que borradores con notas que se van modelando después, normalmente —y en esto no estoy de acuerdo— sin consultar al traductor y a veces incluso sin consultar el guion en su idioma original.

Seguro que algunos de vosotros tenéis como hobby ver películas dobladas en la tele y poner a la vez los subtítulos para jugar a las siete diferencias. Pues escuchad: dejad de señalar al traductor cuando oigáis licencias en el doblaje que se alejan totalmente de lo que dicen los subtítulos. Normalmente se toman en la fase de ajuste para mejorar la sincronización labial y pocas veces son errores reprochables. Pero a veces sí lo son. Por eso quería hoy analizar un par que me tienen intrigada, dejando al margen los doblajes de la censura franquista, que es un tema muy trillado explicado ya muy bien en el documental Expediente 121: La censura en el cine. Los dos ejemplos de fragmentos de doblajes fallidos que quiero poner hoy los he sacado de las películas Salvaje y Toro salvaje, y ambos los encontré de casualidad.

Salvaje (The Wild One). László Benedek, 1953

Escena original:

En el minuto 0:37, tenemos este mítico diálogo:

—Hey Johnny, what are you rebelling against?

—What do you got?

Que se podría traducir así:

—Oye, Johnny, ¿contra qué os rebeláis [los del Black Rebels Motorcycle Club]?

—Contra lo que nos da la gana. [Literalmente, «¿Qué tienes por ahí?»]

Ese What do you got? es la frase más famosa de la película. Expresa una rebeldía contra una sociedad y un sistema en los que estos moteros no parecían tener cabida. Una actitud «contra todo» —pero ojo, no sin causa— que surgió tras la II Guerra Mundial y que muchos han vinculado al movimiento punk. De hecho, yo me interesé por esta película y cacé el desliz del doblaje que ahora os enseñaré mientras subtitulaba el documental Punk: Attitude. En él, Legs McNeil, cofundador del mítico fanzine Punk y coautor de Por favor, mátame[1], que puede considerarse la «Biblia del punk», afirma que la raíz de este movimiento es la famosa frase de Brando en Salvaje.

(…) I think it starts with Brando in the “Wild One”. The famous line from that of course was “What are you rebelling against?” And Brando turns to the camera and says, “What do you got?”. The rebellious part of it was very important because… people get too complacent. (Minuto 54 del documental)

Entonces, cuando quise buscar el diálogo en la versión doblada para utilizarlo en los subtítulos en vez de una traducción propia, esto fue lo que me encontré (minuto 08:53):

El What do you got? perdió su fuerza y el matiz de rebeldía al doblarse con un blandito «¿Te interesa?». Busco una explicación en la ficha de doblaje de la película y veo que, efectivamente, se dobló en 1974, cuando la censura franquista aún daba sus últimos coletazos. Quiero pensar que esa fue la razón, aunque solo en este fragmento hay otros dos detalles que no me convencen:

  • Que la pregunta sea «¿Contra qué te rebelas?» y no «¿Contra qué os rebeláis?» (a la mujer le acaban de explicar que las siglas de su chupa significan «Rebeldes negros, club de motocicleta»).
  • Cuando en la versión original están hablando de los pendientes de la chica y su amiga le dice a Johnny «Aren’t they cute?» (¿A que son bonitos?) (minuto 0:28), Johnny dice, irónicamente, con una falsa sonrisa y casi burlándose de ellas: «Crazy!» (algo así como un «Huy, no veas»). En la versión doblada (08:43), sin embargo, se pierde la actitud de Johnny, que llama «Envidiosa» a la amiga con una inocencia totalmente incoherente con el personaje.

Mi conclusión de este primer fragmento es que Salvaje es un ejemplo de película que nadie debería ver doblada, o que debería redoblarse, pues cuando se dobló quizá no se tenía la perspectiva ni la libertad suficientes para ver el símbolo en el que se convertiría con los años.

Toro Salvaje (Raging Bull). Martin Scorsese, 1980

El trabajo final del módulo de Teoría de mi posgrado de traducción audiovisual consistía en analizar una película (versión original y doblada) y explicar cómo sería su doblaje ideal. Yo elegí Toro salvaje, cuyo doblaje es muy afamado. Y la verdad es que es muy bueno, pero descubrí un detalle que me dejó un poco intrigada. Atención a la escena en versión original, con los comentarios del director en los subtítulos (no he conseguido que se oigan):

En esta escena, inmediatamente posterior a esta otra tan famosa, el protagonista, el boxeador Jake La Motta, quiere evitar que su mujer, Vickie, se vaya de casa después de una paliza que le ha propinado. Como se lee en los subtítulos del comentario del propio director, lo que interesaba en la escena era el silencio de ella. Traduzco el comentario: «En el libro [en el que se basa la película], ella llegaba y le soltaba una larga charla, para decirle que le dejaba, que se acabó. Al principio lo incluimos en el guion, pero luego nos dimos cuenta de que a esas alturas no hacían falta palabras, que lo importante era la acción». El de Vickie es un silencio significativo. Leí, ya no sé dónde, que Scorsese decía que en un momento dado abre la boca (minuto 1:15) pero no se oye nada, y es adrede. Está tan dolida que ni le salen las palabras. Se eliminó el audio en posproducción.

Sin embargo, mirad lo que encontramos en la versión doblada:

Eso es: donde no debía oírse nada, Vickie dice: «¿Qué otra cosa puedo hacer?». Supongo que en el doblaje optaron por rellenar esa boca deliberadamente a sabiendas de la intención de Scorsese, para que no pareciera que se trataba de un error de doblaje. La otra explicación es que se desconociera esa intención y no se hubiera intuido. Sea como sea, para mí es un fallo. Es una frase que rompe totalmente con la atmósfera de la escena, elocuente por la mera presencia y el silencio de la mujer.

Abrí un hilo en los foros del posgrado para comentar esto con los compañeros y para preguntarle qué pensaba a Gonzalo Abril, mi profesor de ajuste y uno de los mejores directores y ajustadores de doblaje del país, además de un tío encantador. Cito aquí su respuesta:

Habitualmente solo doblamos lo que oímos y damos por supuesto que aquello que no se oye, a pesar de que el personaje mueva los labios, no se oye porque el director de la película así lo ha querido. También es cierto que en ocasiones, para evitar que pueda parecer un fallo del doblaje, hay quien prefiere doblar esa boca. Dado el gran reparto de la versión doblada, y aunque no sé quién fue el director de la misma, me inclino a pensar que se desconocía el deseo expreso de Scorsese.

No sé qué pensaréis vosotros. Quizá los profesionales del doblaje que hayan leído hasta aquí puedan aportar algo de luz, e incluso, con un poco de suerte, llegará aquí alguien que estuvo implicado en aquel doblaje del año 81, y nos saque de dudas. Lo grave es que se haya sacado un DVD especial 25.º aniversario y esto no se haya corregido.

En fin, viendo estos dos ejemplos, me reafirmo en mi idea de que, para doblar algo, se debe respetar al autor y al espectador: a la intención del guionista o director y al derecho del espectador de la versión doblada a disfrutar de la película igual que el espectador de la versión original. Y este respeto debe ejercerse en todas las fases, empezando por la traducción, para que los moteros rebeldes no se conviertan en niños condescendientes y las mujeres hagan las maletas sin tener que dar explicaciones.


[1] Título original: Please Kill Me: The uncensored Oral History of Punk (1996). Versión española editada por Libros Crudos.

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¿Doblaje o subtítulos? ¿Es que hay que elegir?

Ayer leí la entrada recién horneada del blog de mi compañera Lorena Ruiz, El diccionario traidor, del que soy fiel seguidora desde su entrada anterior (no sé si tendrá que ver con que hemos estudiado el mismo máster, pero me siento bastante identificada con las reflexiones de esta chica). El caso es que leyendo este artículo, que recomiendo a todos los que os interese conocer los orígenes del doblaje, he recordado que llevaba bastante tiempo queriendo escribir una entrada sobre el debate que ella deja entrever: ¿versión original o versión doblada? Pero me gustaría ir más allá partiendo, si Lorena me lo permite, de una frase de la entrada mencionada, que se desvía de su tema principal y se pasa al lector como una patata caliente:

¿Hablaríamos los españoles mejor el inglés si viésemos películas y series en versión original?

Espero que a mi compañera no le importe que yo quiera enfangarme y sembrar la polémica, porque creo que ya no hay vuelta atrás. Recomiendo que leáis la entrada citada como introducción a esta en la que ya estáis sumidos, si es que no estoy lanzando pelotas contra un frontón.

Esta pregunta retórica se la hizo el año pasado Ángel Gabilondo, el entonces ministro de Educación, que llegó a la conclusión de que sí, y de que eliminar progresivamente el doblaje del cine podía ser una solución para el pobre conocimiento de idiomas patrio.

Y es que el idioma es lo de menos. / ¿Sabes, mona? Hoy me voy a enamorar.

Esta propuesta la secundaron la entonces ministra de Cultura, de cuya ley no quiero acordarme, y el entonces responsable del Instituto del Cine y las Artes Audiovisuales (ICAA), Ignasi Guardans. Esto hizo sonar la alarma en la industria del doblaje, y puso de manifiesto una reivindicación, la de la versión original, que los amantes del cine llevaban presentando desde que se instauró el doblaje en España.

La idea perdió fuerza por dos razones. La primera, la económica: eliminar una industria que da de comer a 30 000 personas y mueve 300 millones de euros al año[1] es una locura y un suicidio, y más en tiempos de crisis. La segunda era el argumento falaz en el que se basaba: a más versión original, más idiomas sabrán los españoles. Como señala Juan Sardá en el interesante y pertinentísimo artículo de El Cultural «Doblar o no doblar; ser o no ser del cine», el sector del doblaje puso sobre la mesa un documento con datos reales que demostraban que el razonamiento era falso, que no existe una relación directa entre ver cine en versión original y hablar bien un idioma.

Y entonces llega el momento en que una servidora deja de informar y se moja. Como podréis deducir, como espectadora y amante del cine voy únicamente a salas que emiten películas en VOS, y en casa veo series y películas en VOS —o directamente en VO— siempre que es posible (aunque he de decir que hay ciertas películas que no me importa ver dobladas, como las de Pixar, o que incluso prefiero ver dobladas, como las desternillantes y acertadísimas versiones del cine de los Monty Python). Estoy con Boyero, y con muchos otros, en que solo se pueden apreciar las interpretaciones de los actores en versión original, y aborrezco el tono neutro y planchado de las voces del doblaje, en las que se pierden el grano, los matices expresivos y, en ocasiones, ciertos detalles de la trama. Sin embargo, me parecería absurdo y poco práctico abolir a golpe de decretazo una industria próspera y generadora de empleo como la del doblaje, aunque fuera progresivamente, y no solo porque yo forme parte de dicha industria. Y no solo se trata de pragmatismo y de economía, sino de respeto por la libertad de elección del espectador, porque no todos preferimos el mismo formato. Creo que lo que hay que buscar es la convivencia de ambas opciones pues, como señala en este artículo Paula Mariani, la presidenta de la Asociación de Traducción y Adaptación Audiovisual de España (ATRAE), «la versión original y la doblada no son sustitutivas, sino complementarias». La prohibición del doblaje habría sido una medida tan antidemocrática como la imposición del doblaje de los años 30, y demostraría, una vez más, que estamos anclados en el pasado.

El reto ahora está en equilibrar la balanza: lograr esa convivencia a la que apunta Mariani fomentando una versión original que, si nos descuidamos, va a esfumarse de las salas de cine. Para que os hagáis una idea, actualmente solo el 1,2 % del público de las salas de cine ve películas en VOS —aunque habría que ver qué porcentaje de espectadores prefiere la VOS al ver las películas en casa—, y de 4000 pantallas de cine que hay en el país, solo en 80 se proyectan películas en VOS[2]. Ese 1,2 % se debe, en parte, a la falsa asociación de este formato con el concepto de «cine de arte y ensayo», con el cine culto. En cuanto a la última cifra, tiene una explicación que no sé si conoceréis: las copias subtituladas son mucho menos rentables que las dobladas para las distribuidoras y exhibidoras; como explica Enrique González Macho, de Alta Films, mientras que una copia doblada cuesta 700 euros y luego se va replicando, cada copia que se subtitula cuesta 3000 euros, pues subtitular implica incrustar los rótulos copia a copia. Entonces ¿cómo se va a fomentar la versión original subtitulada si todas las cifras apuntan a la ruina? Pues abaratando la subtitulación adaptándola a los medios digitales (ya están tardando…). El futuro del cine pasa por ahí. Como prevé Josetxo Moreno, de Golem, en el futuro «no necesitaremos hacer copias dobladas o subtituladas, sino que con un disco duro podremos hacer en una sala dos sesiones en doblado y dos en original del mismo filme en un día». ¡Y tú que lo veas, Josetxo!

Sí, sueño con ese futuro que pinta Josetxo, en el que no haya que elegir entre la existencia del doblaje o de los subtítulos sino entre qué formato prefieres puntualmente como espectador, y me parece una pena que el mal planteamiento del debate que inició Gabilondo impidiera que fuera por estos derroteros. Ya podría haberse apoyado en los argumentos de los cinéfilos o de las distribuidoras, en vez de evadir una mejora del sistema educativo que se estaba —y se está, aunque hoy suene a utopía, y a chiste para algunos— pidiendo a gritos. Pero eso ya sí que es otra historia.

¿Y vosotros qué futuro preferís?


[1] Cifras extraídas del artículo de Juan Sardá publicado en El Cultural «Doblar o no doblar; ser o no ser del cine»: http://www.elcultural.es/version_papel/CINE/28446/Doblar_o_no_doblar_ser_o_no_ser_del_cine

[2] Cifras sacadas del artículo de Gregorio Belinchón publicado en El País «La versión original languidece»: http://elpais.com/diario/2011/06/10/cine/1307656802_850215.html

I am the passenger

Sí, parezco la eterna pasajera. Mucha gente se queda pasmada cuando le digo que, a mis veinticinco años, no me he sacado el carné de conducir todavía. Y no es que esté orgullosa de ello, pero tengo mis motivos para no darle prioridad a este tema. Personales y profesionales. No, no os traicionan vuestros ojos: he dicho «profesionales». Os creo cuando me decís que poner en el curriculum que se tiene el carné es un plus a la hora de buscar curro, pero en mi caso da un poco igual. Si me dejáis, os lo explico.

Los motivos personales son la clásica pereza y el desdén por mi escaso interés por los coches y el mundo del motor en general, que explican mi gran reticencia a invertir ahorros en la causa (aunque tampoco me hace mucha gracia que digamos pagar el tasazo de la Espe). Mis piernas inquietas tiran de mí también para que corra todas las mañanas para coger el autobús o para marcarme una carrera de obstáculos en el metro. Estar quieta mucho tiempo me mata, y los atascos pueden con mi paciencia. También detesto depender de sitios para aparcar en la gran ciudad.

Pero bueno, vayamos al motivo profesional, que es el que realmente nos concierne y el que os intrigará, si es que he conseguido intrigaros lo más mínimo. La ventaja de ir en transporte público para mi profesión la he descubierto hace bien poco, cuando he empezado a traducir y subtitular pelis, series, documentales y todo aquello que requiere bajar a la calle para acercarse a la oralidad, al lenguaje coloquial. Si pasas el día entre cuatro paredes para luego meterte en la burbuja del coche e ir al gimnasio o tomarte un café con la amiga de siempre, tu traducción audiovisual pierde riqueza, naturalidad y verosimilitud. Vaya, que siempre traduces OK por vale y tus frases huelen a traducción y a Real Academia que tiran para atrás, o bien a la jerga de tu grupo de amigos o de tu familia.

Como me han dicho muchos profesores del posgrado, y he podido comprobar por mí misma, para traducir la oralidad hay que escuchar a la calle, igual que para traducir o escribir literatura hay que leer literatura. La calle se queja, la calle blasfema, la calle interrumpe frases para soltar carcajadas, la calle habla entre dientes, la calle construye frases con muletillas, la calle piropea, la calle marujea, la calle trabaja. Y qué mejor lugar últimamente que los autobuses, trenes y metros para sacar la antena y tomar nota. Allí puedes encontrar desde un vagabundo hablando solo hasta un hombre de negocios hablando por el manos libres (que también parece hablar solo). Desde un pitagorín que comenta un examen hasta un freak que comenta la última pantalla que ha pasado en un videojuego. De verdad, es una gozada. Además —y volviendo a los motivos personales—, sientes la calle, la vida, la ciudad. Por eso suelo ir sin cascos últimamente, y por eso a veces me siento (de «sentar», no de «sentir») sola en un bar a tomar un café o una caña.

«¿Y qué hace esta en vacaciones?», os preguntaréis. Pues sí, es verdad, llegan las vacaciones de verano y ser pasajera pierde la gracia y la utilidad, y mi sólida torre de argumentos se desmorona: ay, ¿cómo voy a llegar en autobús a esa playa recóndita del Cantábrico? Habrá que hacer autoestop.