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Cinema Paradiso: Cines incendiados y besos clandestinos

El camino que sube a Malasaña desde Gran Vía, entrando por la calle Tudescos, para atravesar la Plaza de la Luna y subir por la Corredera Baja de San Pablo, lo puedo hacer con los ojos cerrados. Suelo emprenderlo a tiro fijo, con ese aislamiento del entorno que adoptamos los que vivimos en las grandes ciudades, ajena a malabaristas, niños jugando al fútbol y vendedores ambulantes. Pero aquel día algo me llamó la atención. Me paré en seco. En la esquina de la Corredera con la plaza, sobre los emblemáticos —y ya ruinosos— Cines Luna, y tras el ventanal ahumado, observé unas personas sudando en bicicletas estáticas. Estaba parada en medio de la plaza, con la boca abierta y un nudo en el estómago, cuando alguien me habló, ofreciéndome un flyer: «¿Lo conoces? Es el nuevo gimnasio de lujo bla, bla, bla». No, gracias. Aturdida, seguí mi camino. Me sentía como Totó cuando vuelve a su aldea siciliana en Cinema Paradiso. Aunque esos cines en concreto no me evocaran recuerdos, la sensación de la pérdida del cine, y de la cultura, era la misma.

La transformación de los Cines Luna en un gimnasio de lujo es solo un símbolo de la decrepitud de este país, en el que se recorta en servicios públicos y se mata la cultura en favor de candidaturas olímpicas, de megacasinos, de clubs de golf privados y de la explotación comercial a dolor de lo público (por citar algunos disparates); y un ejemplo de las decenas de cines que se han cerrado durante los últimos años. Hay ciudades de España donde ya no queda ninguno, como Pontevedra, la primera capital de provincia en esta situación, donde desahuciaron —no les vale con las personas— al único que había. No menos sacrilegio es la apertura de un H&M sobre los Cines Avenida de la Gran Vía madrileña, o —se rumorea— la futura conversión de los Cines Luchana en un Mercadona.

Pienso en todo esto y me viene a la cabeza una escena de Los ilusos, la segunda película de Jonás Trueba, un homenaje al Madrid castizo, sin maquillar, y, sobre todo, al cine y a los cines. La escena consiste en un desfile de fachadas de cines de la capital, con sus neones en blanco y negro, al compás de la música y con una voz en off susurrada que dice: «Desde que se inventó el cine, vivimos tres veces más: vivimos experiencias que no viviríamos de otra manera, aprendemos cosas y, sobre todo, ahorramos tiempo». Me puso la piel de gallina y volví a sentirme Totó. Parecía el presagio de un futuro sin salas de cine. De hecho, días después de verla, se publicó la noticia de la quiebra de Alta Films, con el consiguiente cierre de algunos de sus cines Renoir, unas salas en la ruina pero no ruinosas, que eran el referente de los que amamos el cine de calidad. Esto sí que fue una bofetada.

Y la «crisis» parece la culpable de este descalabro cultural. La gente gana menos o no gana, y van y suben el IVA. Todo concuerda. Es innegable que este cóctel explosivo ha hecho que las taquillas se resientan, y muestra de ello son las interminables colas que se formaron hace unas semanas durante los tres días de la Fiesta del Cine, en los que el precio de las entradas se redujo a 2,90 euros.

Entonces, ¿antes de la «crisis» y de la subida del IVA desbordábamos los cines? Nanay de la China. Como mucho, íbamos un poco más que ahora. Para mí, el problema es más gordo. Hay que ahondar un poco más para ver todas las causas, e incluso hacer autocrítica. Yo creo —y aquí es donde, seguramente, me empezarán a llover piedras— que el acceso fácil y gratuito que da Internet al cine, y también a la música y a la literatura, ha hecho que minusvaloremos todo ello, que lo consumamos en masa, casi sin saborearlo. Ojo, que no estoy en contra de esto; al revés, estoy totalmente a favor de la difusión gratuita de la cultura para el disfrute personal y suscribo el mensaje del documental Copiad, malditos. Eso sí, considero que este fenómeno ha cambiado nuestra percepción del cine y esto, sumado a la picaresca española, ha derivado en un: «Bah, si la podemos ver gratis, mejor gastarnos estos ocho euros (antes del “IVAzo”) en unas cañas con los colegas». Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. Es una decisión totalmente respetable, pero también explica lo que está pasando, incluida la bajada de tarifas que estamos sufriendo los traductores audiovisuales (esto ya lo mencioné en una entrada anterior y merece un capítulo aparte). Creo que, aunque no hubiera «crisis» y tuviéramos sueldos razonables como para que el cine no nos pareciera caro —objetivamente, no lo es—, acabaríamos igual. El «IVAzo» solo ha sido el detonante, la sentencia de muerte de un inocente que estaba ya agonizando.

Quizá tenemos que aceptar que las salas, tal como las conocemos, ya no son sostenibles. Esto es lo que han previsto las plataformas asequibles como Filmin o Wuaki. Pero también podemos buscar otras opciones para no matar la magia de la sala oscura y la butaca. Yo, por ejemplo, prácticamente voy solo ya a salas alternativas para ver las películas que ya tendría que haber visto o que nunca vi en pantalla grande, como la Filmoteca o el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes (este último en peligro de extinción, según leo en esta noticia), o películas que no están dentro del circuito comercial, como la fantástica Cineteca del Matadero de Madrid.

¿Y qué pasa con los estrenos? También hay soluciones para eso, y aquí viene la buena noticia. Como respuesta al cierre de algunos cines, están surgiendo iniciativas ciudadanas de autogestión de salas. El mejor ejemplo es el de Cineciutat, antiguo Renoir Palma, un cine reabierto y rebautizado por una asociación sin ánimo de lucro, compuesta de vecinos que querían salvarlo. Su éxito es la prueba del «Sí se puede» en la recuperación de salas cerradas, y ha inspirado a la asociación Cines Zoco Majadahonda, que está siguiendo su modelo para reabrir los Renoir Majadahonda, cerrados el pasado abril. Yo me he hecho socia y, junto a mí, otras 832 personas. Necesitamos 1300 para que el proyecto sea viable. Ojalá sea posible.

Otro frente abierto es el de la asociación Salvemos los cines que, impotente ante la caída de salas como fichas de dominó, lucha por preservar el uso cultural de esos espacios. Si no pueden ser cines, que sean teatros o centros culturales. Esta tarde, precisamente, se está celebrando una tertulia sobre este tema en el café Ajenjo de Madrid.

Observo este panorama y cada día estoy más convencida de que la salvación de la cultura en general está en la autogestión y el crowdfunding o financiación popular, porque hace tiempo que pasó a un tercer plano en la política. Solo espero que, como Cinema Paradiso, esta película acabe en besos, aunque sean clandestinos.

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Preámbulo a las instrucciones para configurar un smartphone

Piensa en esto: cuando te regalan un smartphone te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el smartphone, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, coreano, con ocho megapíxeles; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te meterás en el bolsillo y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que pegar a tu cuerpo para poder oír su vocecita desesperada que sale de tu bolsillo. Te regalan la necesidad de cargarlo todos los días, la obligación de cargar la batería para que siga siendo un smartphone; te regalan la obsesión de atender a la última conexión de quien no responde, a las redes sociales, al wifi gratuito. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu smartphone con los demás smartphones. No te regalan un smartphone, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del smartphone.

Me he tomado la libertad de adaptar a nuestros tiempos el «Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj»[1] de Julio Cortázar, y lo he hecho a modo de autocrítica tras la vuelta de unas vacaciones entre comillas; unas vacaciones en Régimen Especial de Trabajadores Autónomos —¡ay, ilusa de mí, que pensé que ser autónoma era sinónimo de libertad!— en las que no he gozado el placer de la incomunicación en ningún momento, atacada como estaba por los dardos agridulces de los incansables arqueros laborales, sintiéndome por momentos como los bazares chinos del centro de Madrid, abiertos las veinticuatro horas del día, solo que, en vez de vender clandestinamente alcohol a horas intempestivas, enviaba correos en días de guardar.

Un buen amigo mío me contaba este verano, en una de mis escapadas con un pie allí y otro en el correo, con el portátil a cuestas, que cuando come con su madre deja el móvil en casa. Y me dio envidia. Lo vi libre por las calles, autónomo de verdad. Como cuando no teníamos móvil y no faltábamos a las citas. O cuando teníamos móviles normales, con los que escribíamos mensajes cuando teníamos algo que decir y nadie sabía a qué hora nos habíamos acostado si no se lo contábamos nosotros. Yo también quiero cortar las cadenas que me atan a la comunicación constante, aunque no sé si ya es demasiado tarde. Al fin y al cabo, cada generación tiene su chisme esclavizador y, una vez regalado, Cortázar tiene la palabra. La clave estará en domarlo antes de que él lo haga.

Feliz vuelta al cole.


[1] Publicado en Historias de cronopios y de famas (1962).

¿Doblaje o subtítulos? ¿Es que hay que elegir?

Ayer leí la entrada recién horneada del blog de mi compañera Lorena Ruiz, El diccionario traidor, del que soy fiel seguidora desde su entrada anterior (no sé si tendrá que ver con que hemos estudiado el mismo máster, pero me siento bastante identificada con las reflexiones de esta chica). El caso es que leyendo este artículo, que recomiendo a todos los que os interese conocer los orígenes del doblaje, he recordado que llevaba bastante tiempo queriendo escribir una entrada sobre el debate que ella deja entrever: ¿versión original o versión doblada? Pero me gustaría ir más allá partiendo, si Lorena me lo permite, de una frase de la entrada mencionada, que se desvía de su tema principal y se pasa al lector como una patata caliente:

¿Hablaríamos los españoles mejor el inglés si viésemos películas y series en versión original?

Espero que a mi compañera no le importe que yo quiera enfangarme y sembrar la polémica, porque creo que ya no hay vuelta atrás. Recomiendo que leáis la entrada citada como introducción a esta en la que ya estáis sumidos, si es que no estoy lanzando pelotas contra un frontón.

Esta pregunta retórica se la hizo el año pasado Ángel Gabilondo, el entonces ministro de Educación, que llegó a la conclusión de que sí, y de que eliminar progresivamente el doblaje del cine podía ser una solución para el pobre conocimiento de idiomas patrio.

Y es que el idioma es lo de menos. / ¿Sabes, mona? Hoy me voy a enamorar.

Esta propuesta la secundaron la entonces ministra de Cultura, de cuya ley no quiero acordarme, y el entonces responsable del Instituto del Cine y las Artes Audiovisuales (ICAA), Ignasi Guardans. Esto hizo sonar la alarma en la industria del doblaje, y puso de manifiesto una reivindicación, la de la versión original, que los amantes del cine llevaban presentando desde que se instauró el doblaje en España.

La idea perdió fuerza por dos razones. La primera, la económica: eliminar una industria que da de comer a 30 000 personas y mueve 300 millones de euros al año[1] es una locura y un suicidio, y más en tiempos de crisis. La segunda era el argumento falaz en el que se basaba: a más versión original, más idiomas sabrán los españoles. Como señala Juan Sardá en el interesante y pertinentísimo artículo de El Cultural «Doblar o no doblar; ser o no ser del cine», el sector del doblaje puso sobre la mesa un documento con datos reales que demostraban que el razonamiento era falso, que no existe una relación directa entre ver cine en versión original y hablar bien un idioma.

Y entonces llega el momento en que una servidora deja de informar y se moja. Como podréis deducir, como espectadora y amante del cine voy únicamente a salas que emiten películas en VOS, y en casa veo series y películas en VOS —o directamente en VO— siempre que es posible (aunque he de decir que hay ciertas películas que no me importa ver dobladas, como las de Pixar, o que incluso prefiero ver dobladas, como las desternillantes y acertadísimas versiones del cine de los Monty Python). Estoy con Boyero, y con muchos otros, en que solo se pueden apreciar las interpretaciones de los actores en versión original, y aborrezco el tono neutro y planchado de las voces del doblaje, en las que se pierden el grano, los matices expresivos y, en ocasiones, ciertos detalles de la trama. Sin embargo, me parecería absurdo y poco práctico abolir a golpe de decretazo una industria próspera y generadora de empleo como la del doblaje, aunque fuera progresivamente, y no solo porque yo forme parte de dicha industria. Y no solo se trata de pragmatismo y de economía, sino de respeto por la libertad de elección del espectador, porque no todos preferimos el mismo formato. Creo que lo que hay que buscar es la convivencia de ambas opciones pues, como señala en este artículo Paula Mariani, la presidenta de la Asociación de Traducción y Adaptación Audiovisual de España (ATRAE), «la versión original y la doblada no son sustitutivas, sino complementarias». La prohibición del doblaje habría sido una medida tan antidemocrática como la imposición del doblaje de los años 30, y demostraría, una vez más, que estamos anclados en el pasado.

El reto ahora está en equilibrar la balanza: lograr esa convivencia a la que apunta Mariani fomentando una versión original que, si nos descuidamos, va a esfumarse de las salas de cine. Para que os hagáis una idea, actualmente solo el 1,2 % del público de las salas de cine ve películas en VOS —aunque habría que ver qué porcentaje de espectadores prefiere la VOS al ver las películas en casa—, y de 4000 pantallas de cine que hay en el país, solo en 80 se proyectan películas en VOS[2]. Ese 1,2 % se debe, en parte, a la falsa asociación de este formato con el concepto de «cine de arte y ensayo», con el cine culto. En cuanto a la última cifra, tiene una explicación que no sé si conoceréis: las copias subtituladas son mucho menos rentables que las dobladas para las distribuidoras y exhibidoras; como explica Enrique González Macho, de Alta Films, mientras que una copia doblada cuesta 700 euros y luego se va replicando, cada copia que se subtitula cuesta 3000 euros, pues subtitular implica incrustar los rótulos copia a copia. Entonces ¿cómo se va a fomentar la versión original subtitulada si todas las cifras apuntan a la ruina? Pues abaratando la subtitulación adaptándola a los medios digitales (ya están tardando…). El futuro del cine pasa por ahí. Como prevé Josetxo Moreno, de Golem, en el futuro «no necesitaremos hacer copias dobladas o subtituladas, sino que con un disco duro podremos hacer en una sala dos sesiones en doblado y dos en original del mismo filme en un día». ¡Y tú que lo veas, Josetxo!

Sí, sueño con ese futuro que pinta Josetxo, en el que no haya que elegir entre la existencia del doblaje o de los subtítulos sino entre qué formato prefieres puntualmente como espectador, y me parece una pena que el mal planteamiento del debate que inició Gabilondo impidiera que fuera por estos derroteros. Ya podría haberse apoyado en los argumentos de los cinéfilos o de las distribuidoras, en vez de evadir una mejora del sistema educativo que se estaba —y se está, aunque hoy suene a utopía, y a chiste para algunos— pidiendo a gritos. Pero eso ya sí que es otra historia.

¿Y vosotros qué futuro preferís?


[1] Cifras extraídas del artículo de Juan Sardá publicado en El Cultural «Doblar o no doblar; ser o no ser del cine»: http://www.elcultural.es/version_papel/CINE/28446/Doblar_o_no_doblar_ser_o_no_ser_del_cine

[2] Cifras sacadas del artículo de Gregorio Belinchón publicado en El País «La versión original languidece»: http://elpais.com/diario/2011/06/10/cine/1307656802_850215.html

El hombre y la máquina (1): Traductores con rayos X

Arrancaré este blog tratando de tirar por la borda dos creencias bastante arraigadas fuera del mundillo de la traducción:

Los traductores son diccionarios con patas.

En el futuro, los traductores serán sustituidos por máquinas.

¿Por qué se piensa esto? Pues porque históricamente se ha concebido la labor del traductor como una mera transposición de cadenas de palabras de un idioma a otro. Está claro que hace tiempo que habríamos desaparecido si fuera algo tan sencillo, y si los textos no estuvieran condicionados por un contexto y un estilo, y cargados de referencias culturales, polisemias, dobles sentidos, humor, ironía y todo aquello que convierte al traductor en un intérprete con rayos x en los ojos para ver a través de los significados evidentes de las palabras.

No voy a entrar a profundizar en este tema porque ya se han encargado de ello muchos teóricos, pero me gustaría poner algunos ejemplos cómicos de refranes donde se demuestra que la traducción literal de los «robots traductores» en línea no sustituirá a la de los traductores humanos.

1.

REFRÁN EN INGLÉS: To call a spade a spade

TRADUCCIÓN AUTOMÁTICA: Para llamar una espada una espada

REFRÁN EQUIVALENTE EN ESPAÑOL: Llamar al pan, pan, y al vino, vino

2.

REFRÁN EN FRANCÉS: Il y a anguille sous roche

TRADUCCIÓN AUTOMÁTICA: Hay anguila en la roca

REFRÁN EQUIVALENTE EN ESPAÑOL: Hay gato encerrado

3.

REFRÁN EN INGLÉS: Let sleeping dogs lie

TRADUCCIÓN AUTOMÁTICA: Deja tumbados a los perros que duermen

REFRÁN EQUIVALENTE EN ESPAÑOL: Al enemigo que huye, puente de plata

Los ejemplos hablan por sí solos, la verdad. Eso sí, no pretendo en absoluto demonizar la traducción automática en lo que se refiere a herramientas informáticas como las memorias de traducción, que nos echan cables muy valiosos a los traductores. La idea es ir desterrando viejos y nuevos mitos, y explicar desde dentro hacia fuera lo que es un traductor.