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El desafío de traducir y subtitular contrarreloj

15 horas. Un guion. Un episodio de 20 minutos plagado de juegos de palabras, guiños, referencias culturales y palabras malsonantes. Mucha concentración. Mucha tensión. Mucha luz artificial. Mucha cafeína. Muchas ojeras. Mucha soledad. Muy poco margen de error.

Cuando me llamaron hace cuatro meses de Comedy Central para ofrecerme traducir y subtitular la 18.ª temporada de South Park para su emisión en VOSE con solo 24 horas de diferencia respecto al estreno en EE. UU., no pude resistirme. La aventura tenía todos los ingredientes para convertirse en épica, y me podían las ganas de aprender y experimentar cosas nuevas. Solo había que acordar un presupuesto digno, teniendo en cuenta la nocturnidad, la urgencia y la exclusividad prácticamente de dos días enteros (los miércoles por la mañana tenía que descansar para estar fresca y los jueves me despertaba a la hora de comer como si hubiera estado toda la noche de farra). Me aceptaron el presupuesto y… ¡fuego!

Solo temía dos cosas: las referencias a episodios de temporadas anteriores —yo me había quedado en los principios de la serie— y el nulo margen de acción en caso de imprevistos —enfermedad, avería técnica, corte de la luz, fallos del programa de subtitulación, viaje urgente por trabajo, dejarme las llaves dentro de casa…—, pues tenía que estar disponible todas las tardes de los miércoles y madrugadas de los jueves durante 10 semanas, y la sombra de Murphy es alargada. Claramente había que ser previsores y, por ello, pedí guiones traducidos de temporadas anteriores y me busqué una suplente: mi camarada Carmen Martín, fiel y fiable amiga y compañera de muchas batallas traductoriles, entre ellas los premios Kids’ Choice Awards que tradujimos para el mismo cliente.

Levadas las anclas, zarpamos. Y todos juntos. Nada de ir el traductor en su frágil bote de madera, solo contra viento y marea. Nos convocaron a Carmen y a mí a la reunión general del equipo, en la que se habló de la planificación y todos planteamos dudas. Días después trabajé codo con codo durante seis horas en la oficina del cliente con Víctor Jabato, que se encargaría de incrustar los subtítulos con el Final Cut, para hacer infinitas pruebas hasta encontrar el mejor formato de subtítulos posible y atajar los fallos antes de que se produjeran. Fue un tiempo muy bien invertido. Da gusto cuando un cliente cuida y tiene en cuenta al traductor. Demuestra profesionalidad y valor por la calidad. Así dan ganas de hacer muy bien las cosas.

Total, que la dinámica cada semana fue esta: recibía un guion —de entre 3000 y 3500 palabras de diálogos— todos los miércoles entre las 17.00 y las 19.00, sin imagen; quitaba todo lo que no eran diálogos y lo importaba en el FAB —este proceso me lo enseñó Manuel Cascón y le estaré siempre agradecida— para ir traduciéndolo hasta que llegaba la imagen sobre la una de la madrugada, cuando me ponía a subtitular hasta acabar: a veces a las 7.00, otras a las 8.00, y más de una vez a las 10.00. A Víctor le pasaba los subtítulos exportados a .xml.

Pero lo que todos, traductores o no, os estaréis preguntando es… ¿no ha sido divertidísimo subtitular South Park? La verdad es que sí, y eso es precisamente lo que hace que sea más leve el trabajo hercúleo que requiere. South Park es mucho más que una serie de animación irreverente: es una sátira de la actualidad de la que difícilmente se salva nadie mínimamente famoso. Los diálogos son rápidos y ocurrentes. Abundan los juegos de palabras y los tacos, que se tapan con un pitido deliberadamente para remarcarlos, a modo de parodia de la censura (lo que obliga a usar tacos en los subtítulos también).

Todo esto requiere estar muy despierto —de noche— para no perderse ningún guiño, porque el guion se limita a describir lo que se ve; tener mucha cultura general; ser muy creativo; y, sobre todo, estar muy al tanto de la actualidad estadounidense e internacional. Para que os hagáis una idea, en esta última temporada, emitida de septiembre a diciembre, se han tratado temas como el ébola (justo antes del contagio de Teresa Romero); los drones como instrumento policial; Uber; el crowdfunding; los lanzamientos de Apple; el asesinato de negros en Nueva York por parte de la policía; el exhibicionismo, la cosificación y el culto al culo de las estrellas del pop actuales; los juegos y apps freemium; los hashtags y el Twitter en general; el dominio de los comentarios por encima del contenido en las redes sociales; los Oculus Rift de realidad virtual; la transexualidad; la obsesión por los alimentos sanos; los comentaristas de videojuegos como PewDiePie; el anuncio de Lincoln protagonizado por Matthew McConaughey; o la polémica en torno al nombre del equipo Washington Redskins.

Todas estas dificultades se sortearían con mayor o menor acierto en condiciones de trabajo normales. Si algo se te atraganta, lo dejas reposar, te vas a dar una vuelta, o comes, o duermes, y lo retomas después. Pero cuando te ves sola, de noche, sin poder consultar dudas a colegas porque la ciudad duerme y, sobre todo, viendo correr las agujas del reloj, no puedes recurrir a esas tácticas, y os aseguro que la creatividad se hace muy cuesta arriba. Aún así, se ha intentado. Os pongo algunos ejemplos con vídeos de juegos de palabras y escenas que costaron especialmente. Para ver los vídeos, pinchad en los rectángulos blancos y negros que veréis a continuación (como son enlaces de la página oficial de South Park, no puedo incrustrarlos directamente en el blog). En casi todos los episodios, el juego de palabras del título marca toda la trama y los diálogos. Perdonadme si en algún caso podría haber estado mucho más ingeniosa…

Episodio 1: Go Fund Yourself. Cartman y compañía montan una empresa y le ponen el eslogan «Go Fuck Yourself» (literalmente, «que te den», «que te jodan»). Más adelante la convierten en una empresa de crowdfunding y le cambian el eslogan a «Go Fund Yourself». En mis subtítulos pasó de «Que te follen» (quise que al menos la inicial del verbo fuera la misma) a «Que te financien».

 

Episodio 3: The Cissy. Cisgender+sissy (cisgénero+sarasa o cualquier forma despectiva de llamar a un gay). Cartman inventa el insulto cissy para referirse a «los cisgénero intolerantes con los transgénero». Mi propuesta: «El “cisarasa”».

Dentro de este episodio, Cartman, que suele equivocarse al hablar, dice «transginger», «cisginger» y «ginger» («transjengibre», «cisjengibre» y «jengibre») en vez de «transgender», «cisgender» y «gender», y a mí se me ocurrió traducirlos por «transaxual», «cisaxual» y «saxo».

 

En este episodio tuve que pedirle a mi colega Carolina Sastre, que traduce la serie para doblaje, que consultara un guion original de la temporada anterior. (Gracias, maja).

Episodio 4: Handicar. Handicap+car (minusvalía+coche). El episodio parodia la polémica de Uber. Y el Handicar es una especie de taxi conducido por un minusválido en silla de ruedas. Mi propuesta: «Retracar». Sé que las personas con retraso mental no van en silla de ruedas generalmente, y que este chiste en otro tipo de serie no valdría, pero como en esta son tan faltosos, busqué la gracia irrespetuosa. En este episodio perdí irremediablemente un juego de palabras: handicap como minusvalía y como gorra (cap) de conductor de Handicar:

Anyone can be a Handicar driver now. All you have to do is get your own wheelchair and you can earn a handicap.

Al señalarse la gorra, la imagen mandó y tuve que hablar de la gorra:

Es que ahora cualquiera puede conducir un Retracar. Con una silla de ruedas, te dan la gorra de minusválido.

Episodio 5: The Magic Bush. Bush (arbusto, matojo) aquí hace referencia al vello púbico de la madre de Craig, y hay mucho jueguecito, como este:

 There’s nobody regulating these drones and if we don’t do something now, we’re gonna be up to our navels with bush. Ehh… Up to our necks in trouble. Sorry.

Mi propuesta:

No hay leyes que lo regulen. Es un asunto peludo. Digo… peliagudo. Perdona, Laura.

Episodio 7: Grounded Vindaloop. Desde el punto de vista técnico, lo que más me costó subtitular de toda la temporada fue el siguiente diálogo entre dos teleoperadores que parecen el mismo. Había que respetar los cambios de plano para que el espectador no se hiciera un lío y supiera cuál de los dos hablaba. Además, en él sale el juego de palabras que da nombre al episodio. Vamos, que lo tiene todo:

 A customer who was in virtual reality called customer service and it has created a customer feedback loop. Okay? Here in India we call it a Customer Feedback Vindaloop.

El vindaloo es un tipo de curry indio, y loop es bucle en inglés técnico. Un bucle a la india, vamos. Para más inri, en el título se añade grounded, que significa molido pero también castigado, y en el episodio aparece precisamente un castigo de Butters. Después de probar con varios nombres de platos indios, y con las neuronas fritas, pensé que el término loop se utiliza mucho como anglicismo en el lenguaje técnico, y decidí dejarlo tal cual para conservar la gracia: Aquí en la India lo llamamos «vindaloop». El título que propuse fue: «Al rico vindaloop».

Episodio 8: Cock Magic. Este episodio y el juego de palabras inherente fueron bastante infernales. Tuve que tomarme algunas licencias. El episodio va de que se celebran unas peleas de gallos (cockfights) que, en vez de ser físicas, son combates de cartas Magic entre gallos. ¿Qué pasa? Que Randy lo entiende mal y piensa que se refiere a hacer magia con su miembro (el otro significado de cock…), un «arte» que por lo visto dominaba de joven.

Como casi todos los diálogos giran en torno a este juego y esta confusión, no tuve más remedio que traducir cock como polla, con el significado de pene y de hembra del pollo.

 Dad, that’s not… that’s not Cock Magic.

Que subtitulé así:

Son «pollas de Magic», no «magia de pollas».

Al episodio lo llamé «Peleas de pollas», y tengo que decir que tuve la inmensa suerte de que Víctor, el editor, era todo un experto de las cartas Magic. Gracias a sus correcciones, los más frikis de este juego no se me echarán encima cuando vean los subtítulos.

Episodio 10: #HappyHolograms. Este fue el último episodio de la temporada, cuya emisión coincidió con el inicio de las vacaciones de Navidad. De ahí el juego de palabras entre Holidays y Holograms, porque va de un especial de Navidad de la tele (Holiday Special) donde actúan hologramas de famosos ya fallecidos. Como mantener «hologramas» y felicitar las fiestas no era posible en español, se me ocurrió aprovechar que el título en sí es un hashtag de Twitter y que salen muchos hashtags en el episodio (durante los diálogos, lo que también me supuso un desafío técnico: ¿Qué subtitulo y qué no?), y propuse esto: «#FelicesFieshtags».

Este episodio, además, trajo bajo el brazo un regalito de Navidad: empieza con una poesía que hace Kyle. Cuando traduces a contrarreloj, respetar unas rimas cuesta sudor y sangre. Me planteé darle una vuelta al diálogo para no tener que rimar, porque al fin y al cabo eran subtítulos y no doblaje, pero al final acabé haciéndolo (con alguna rima mejor que otra):

 

Mi traducción de la poesía:

La Navidad ha llegado,

pero está en decadencia,

porque nadie quiere ser bueno,

sino ser tendencia.

 

Los jóvenes están absortos,

ya solo les interesan

los que en YouTube son famosos.

 

Comentan los comentarios.

Tanto hemos cambiado

que jugar a la Xbox con tu hermano

es cosa del pasado.

 

Mamá con el iPad,

papá intentando molar,

mientras la familia se rompe,

y el salón se nos va.

 

Porque lo que une

no es ir a misa ni de excursión.

Lo que une realmente

es la vieja televisión.

 

Ahora vemos las cosas

y las tuiteamos luego.

-Y, si te quejas, te llamarán…

-¡Abuelo!

 

Tendré que tuitear esto

para que lo comentéis:

«Cuanto más conectados,

más solos estamos.

 

Si queréis cambiar

y lo veis todo negro, como yo,

seguid este hashtag: #SOSalón.»

En definitiva, ha sido una experiencia muy enriquecedora y la repetiría, pero creo que la calidad de las traducciones y los subtítulos puede resentirse por el ansia del público por los estrenos simultáneos. ¡Y la salud de los que trabajamos! Ganaríamos todos mucho con solo 24 horas más de margen. Por último, quiero recalcar que recibí ánimos y comentarios del cliente antes, durante y después de la serie, algo muy de agradecer. Es un gesto que cuesta muy poco y motiva mucho. Hubo comentarios que me emocionaron, sin exagerar. Lamentablemente, en el mundo del doblaje y la subtitulación pocas veces el trabajo del traductor y el subtitulador es valorado como se merece. Yo con Comedy Central me quito el sombrero. Hasta están estudiando mi propuesta de firmar los subtítulos para futuras series. Creo que sentarían un gran precedente en televisión. Yo firmo por ello, nunca mejor dicho.

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Doblajes salvajes, ¡grrr!

salvaje.

4. adj. Sumamente necio, terco, zafio o rudo. U. t. c. s.

Hoy la cosa va de salvajadas en doblajes, sí, pero antes una aclaración. Como habréis podido comprobar si habéis leído mis anteriores entradas, aunque como espectadora prefiera la versión original subtitulada, respeto el doblaje como opción para el espectador y como industria. He podido ver muy de cerca el complejo proceso que implica, y conozco a muchos profesionales que miman los doblajes que dirigen o supervisan casi como si fueran sus hijos. El doblaje no es precisamente un proceso en el que haya lugar para la dejadez. A los que no lo conocéis os sorprendería la cantidad de fases, verificaciones y controles de calidad por los que pasa el guion que entrega el traductor hasta llegar a los oídos de los espectadores de la copia doblada. De hecho, como muchos ya sabréis, las traducciones originales no son más que borradores con notas que se van modelando después, normalmente —y en esto no estoy de acuerdo— sin consultar al traductor y a veces incluso sin consultar el guion en su idioma original.

Seguro que algunos de vosotros tenéis como hobby ver películas dobladas en la tele y poner a la vez los subtítulos para jugar a las siete diferencias. Pues escuchad: dejad de señalar al traductor cuando oigáis licencias en el doblaje que se alejan totalmente de lo que dicen los subtítulos. Normalmente se toman en la fase de ajuste para mejorar la sincronización labial y pocas veces son errores reprochables. Pero a veces sí lo son. Por eso quería hoy analizar un par que me tienen intrigada, dejando al margen los doblajes de la censura franquista, que es un tema muy trillado explicado ya muy bien en el documental Expediente 121: La censura en el cine. Los dos ejemplos de fragmentos de doblajes fallidos que quiero poner hoy los he sacado de las películas Salvaje y Toro salvaje, y ambos los encontré de casualidad.

Salvaje (The Wild One). László Benedek, 1953

Escena original:

En el minuto 0:37, tenemos este mítico diálogo:

—Hey Johnny, what are you rebelling against?

—What do you got?

Que se podría traducir así:

—Oye, Johnny, ¿contra qué os rebeláis [los del Black Rebels Motorcycle Club]?

—Contra lo que nos da la gana. [Literalmente, «¿Qué tienes por ahí?»]

Ese What do you got? es la frase más famosa de la película. Expresa una rebeldía contra una sociedad y un sistema en los que estos moteros no parecían tener cabida. Una actitud «contra todo» —pero ojo, no sin causa— que surgió tras la II Guerra Mundial y que muchos han vinculado al movimiento punk. De hecho, yo me interesé por esta película y cacé el desliz del doblaje que ahora os enseñaré mientras subtitulaba el documental Punk: Attitude. En él, Legs McNeil, cofundador del mítico fanzine Punk y coautor de Por favor, mátame[1], que puede considerarse la «Biblia del punk», afirma que la raíz de este movimiento es la famosa frase de Brando en Salvaje.

(…) I think it starts with Brando in the “Wild One”. The famous line from that of course was “What are you rebelling against?” And Brando turns to the camera and says, “What do you got?”. The rebellious part of it was very important because… people get too complacent. (Minuto 54 del documental)

Entonces, cuando quise buscar el diálogo en la versión doblada para utilizarlo en los subtítulos en vez de una traducción propia, esto fue lo que me encontré (minuto 08:53):

El What do you got? perdió su fuerza y el matiz de rebeldía al doblarse con un blandito «¿Te interesa?». Busco una explicación en la ficha de doblaje de la película y veo que, efectivamente, se dobló en 1974, cuando la censura franquista aún daba sus últimos coletazos. Quiero pensar que esa fue la razón, aunque solo en este fragmento hay otros dos detalles que no me convencen:

  • Que la pregunta sea «¿Contra qué te rebelas?» y no «¿Contra qué os rebeláis?» (a la mujer le acaban de explicar que las siglas de su chupa significan «Rebeldes negros, club de motocicleta»).
  • Cuando en la versión original están hablando de los pendientes de la chica y su amiga le dice a Johnny «Aren’t they cute?» (¿A que son bonitos?) (minuto 0:28), Johnny dice, irónicamente, con una falsa sonrisa y casi burlándose de ellas: «Crazy!» (algo así como un «Huy, no veas»). En la versión doblada (08:43), sin embargo, se pierde la actitud de Johnny, que llama «Envidiosa» a la amiga con una inocencia totalmente incoherente con el personaje.

Mi conclusión de este primer fragmento es que Salvaje es un ejemplo de película que nadie debería ver doblada, o que debería redoblarse, pues cuando se dobló quizá no se tenía la perspectiva ni la libertad suficientes para ver el símbolo en el que se convertiría con los años.

Toro Salvaje (Raging Bull). Martin Scorsese, 1980

El trabajo final del módulo de Teoría de mi posgrado de traducción audiovisual consistía en analizar una película (versión original y doblada) y explicar cómo sería su doblaje ideal. Yo elegí Toro salvaje, cuyo doblaje es muy afamado. Y la verdad es que es muy bueno, pero descubrí un detalle que me dejó un poco intrigada. Atención a la escena en versión original, con los comentarios del director en los subtítulos (no he conseguido que se oigan):

En esta escena, inmediatamente posterior a esta otra tan famosa, el protagonista, el boxeador Jake La Motta, quiere evitar que su mujer, Vickie, se vaya de casa después de una paliza que le ha propinado. Como se lee en los subtítulos del comentario del propio director, lo que interesaba en la escena era el silencio de ella. Traduzco el comentario: «En el libro [en el que se basa la película], ella llegaba y le soltaba una larga charla, para decirle que le dejaba, que se acabó. Al principio lo incluimos en el guion, pero luego nos dimos cuenta de que a esas alturas no hacían falta palabras, que lo importante era la acción». El de Vickie es un silencio significativo. Leí, ya no sé dónde, que Scorsese decía que en un momento dado abre la boca (minuto 1:15) pero no se oye nada, y es adrede. Está tan dolida que ni le salen las palabras. Se eliminó el audio en posproducción.

Sin embargo, mirad lo que encontramos en la versión doblada:

Eso es: donde no debía oírse nada, Vickie dice: «¿Qué otra cosa puedo hacer?». Supongo que en el doblaje optaron por rellenar esa boca deliberadamente a sabiendas de la intención de Scorsese, para que no pareciera que se trataba de un error de doblaje. La otra explicación es que se desconociera esa intención y no se hubiera intuido. Sea como sea, para mí es un fallo. Es una frase que rompe totalmente con la atmósfera de la escena, elocuente por la mera presencia y el silencio de la mujer.

Abrí un hilo en los foros del posgrado para comentar esto con los compañeros y para preguntarle qué pensaba a Gonzalo Abril, mi profesor de ajuste y uno de los mejores directores y ajustadores de doblaje del país, además de un tío encantador. Cito aquí su respuesta:

Habitualmente solo doblamos lo que oímos y damos por supuesto que aquello que no se oye, a pesar de que el personaje mueva los labios, no se oye porque el director de la película así lo ha querido. También es cierto que en ocasiones, para evitar que pueda parecer un fallo del doblaje, hay quien prefiere doblar esa boca. Dado el gran reparto de la versión doblada, y aunque no sé quién fue el director de la misma, me inclino a pensar que se desconocía el deseo expreso de Scorsese.

No sé qué pensaréis vosotros. Quizá los profesionales del doblaje que hayan leído hasta aquí puedan aportar algo de luz, e incluso, con un poco de suerte, llegará aquí alguien que estuvo implicado en aquel doblaje del año 81, y nos saque de dudas. Lo grave es que se haya sacado un DVD especial 25.º aniversario y esto no se haya corregido.

En fin, viendo estos dos ejemplos, me reafirmo en mi idea de que, para doblar algo, se debe respetar al autor y al espectador: a la intención del guionista o director y al derecho del espectador de la versión doblada a disfrutar de la película igual que el espectador de la versión original. Y este respeto debe ejercerse en todas las fases, empezando por la traducción, para que los moteros rebeldes no se conviertan en niños condescendientes y las mujeres hagan las maletas sin tener que dar explicaciones.


[1] Título original: Please Kill Me: The uncensored Oral History of Punk (1996). Versión española editada por Libros Crudos.

El torniquete fansubber

Vivimos en la era de la inmediatez. Los medios digitales nos han vuelto impacientes: tomamos una foto y la queremos ver al instante, chateamos y ansiamos una respuesta rápida, escribimos un artículo o una entrada en un blog y estamos ávidos de reacciones. Atrás quedó el romanticismo de la intriga y la magia del revelado fotográfico, la sonrisa indisimulada al abrir el buzón y ver asomarse una carta o una postal —personal, bien pensada, fruto quizá de varios borradores— y el deseo de que alguien llegara a leer lo que escribíamos.

Está claro que hemos cambiado, y eso no es malo. En general, nos hemos adaptado con naturalidad a las nuevas formas y, cuando algo no ha abandonado su rigidez, ha surgido alguna herramienta que ha servido de puente entre la vieja y la nueva forma. Este es el caso de los fansubs o subtítulos por amor al arte, que han nacido como un torniquete de emergencia, altruista y cooperativo, para detener la hemorragia de la fisura que hay entre el cine y las series de televisión en versión original y el espectador hablante de otras lenguas y, así, atender a la nueva necesidad de disfrute mundial simultáneo de los estrenos.

De este fenómeno trataba —con sospechosa superficialidad— una entrada del pasado 21 de junio en el blog «Quinta temporada» de El País, que desató una gran polémica tanto en el propio blog como fuera de él, y especialmente en los foros de subtituladores profesionales, entre los que me encuentro. Básicamente, los consumidores de fansubs defendían su derecho como espectadores a conocer sin rezagarse, los fansubbers se enorgullecían de su trabajo desinteresado y los profesionales como yo se quejaban del desconocimiento y la infravaloración de nuestra profesión. En realidad, a ninguno nos falta razón.

Es evidente que las grandes distribuidoras se han quedado atrás, no se han adaptado a los nuevos hábitos de los espectadores, y luchan contra la piratería avaladas por los Estados, sin darse cuenta de que no se puede poner puertas al campo. Pierden su hegemonía precisamente por cerrar puertas en vez de abrirlas, en vez de facilitar antes el material a las distribuidoras de los distintos países para que trabajen en ellas y se traduzcan y subtitulen antes. Soy consciente de que este proceso requeriría alterar las cadenas de comercialización de los productos audiovisuales —afectando, quizá, al tipo de material que recibirían los traductores subtituladores— y reconozco que no sé hasta qué punto sería posible, pero intuyo que podría conseguirse con ello el estreno simultáneo, que probablemente mitigaría las tan demonizadas descargas.

En realidad, los portales de descargas y los fansubs cumplen una función social, al satisfacer esa impaciencia fomentada por los nuevos medios, y son el reflejo de un nuevo hábito a la hora de consumir cultura: el afán de compartir y de comentar. Me admira, además, el altruismo de los fansubbers que, con mala técnica y ortografía y muy buena intención, dedican su tiempo libre a esta tarea. Otro aspecto de esta actividad es la habitual colaboración entre ellos, pues es materialmente imposible traducir y subtitular tanto en una noche, por muy chapuceramente que se haga. Realmente se trata de un trabajo en equipo. Ahora, si bien la cooperación como principio es muy positiva, aquí suele dar como resultado una incoherencia que se suma al resto de «taras» fruto de las prisas y de la falta de formación lingüística, traductológica y técnica que caracterizan a estos subtítulos amateur.

Esta herramienta defectuosa de urgencia facilita el acceso a la cultura y llama la atención sobre una necesidad, pero no se concibe como la «competencia» de la subtitulación profesional. Ni los fansubbers pretenden lucrarse con ella —el ánimo de lucro es incompatible con el espíritu free— ni los subtituladores profesionales la vemos como una amenaza. Por eso, el secreto a voces de que ciertas empresas están utilizando inmoralmente los fansubs en sus productos comerciales o en sus servicios como proveedores para evitarse el coste de unos subtítulos profesionales es un asunto grave que empieza a quemar en ambos colectivos. Y dice mucho de dichas empresas. Sí, allá ellos con sus conciencias y con la calidad que quieren para su producto, pero ¿por qué lo hacen? Eso es lo más grave y el origen de todo, para mí.

Si no se preocupan por pagar —o pagar una tarifa digna— por unos subtítulos de calidad, es porque el fenómeno fansubber ha provocado, creo que sin querer, una infravaloración general de la subtitulación profesional: «si este lo hace en una noche —falso, como aclaran en la entrada de El País— y gratis, es que es muy fácil y este otro nos quiere timar». Esta creencia proviene, a su vez, de una falta de criterio lingüístico de base, que impide diferenciar la piel de la «polipiel»; y, sobre todo, del desconocimiento general de la tarea de la subtitulación, con sus dificultades, condicionantes y limitaciones: no basta con saber idiomas. Por este desconocimiento, además, muchos espectadores que consumen versión original subtitulada y entienden el idioma original tienden a juzgar sin saber. Desde que conozco y ejerzo esta tarea, me parece un arte: el arte de sintetizar respetando al guionista (con su estilo, sus manías, sus registros) y al espectador de la VOS. Explicaría esto con mis palabras, pero me parece que ya lo hizo excelentemente hace unos meses mi compañera de gremio Lucía Rodríguez Corral, profesora de universidad y traductora audiovisual de gran trayectoria y con títulos importantes en su palmarés, en una carta que escribió al programa «No es un día cualquiera» de RNE[1], tras escuchar una tertulia sobre traducción llena de tópicos ilustrados. Ella la compartió con nosotros, los colegas, y yo quiero ahora compartir un extracto —el que nos compete— con vosotros, los que lleguéis a este blog y al final de esta entrada.

[…] La traducción para doblaje y subtítulos está sometida a unas condiciones excepcionales que le aportan dificultad:

Está sometida a muchas limitaciones impuestas por la imagen. No se puede traducir con la misma libertad que sobre el papel, porque hay una imagen que manda. No se puede poner nada que contradiga la imagen, lo cual muchas veces dificulta encontrar soluciones. No se pueden poner notas al pie, hay que dar una solución a absolutamente todos los escollos de la traducción, que no son pocos, puesto que las películas suelen venir plagadas de referencias culturales, juegos de palabras y chistes que requieren adaptación, y no se pueden explicar. Y, todo esto, en frases cuya longitud sea similar a la del original y suenen naturales.

[…]

En el caso de los subtítulos, normalmente el público no sabe que son como un crucigrama. Se ha estudiado la velocidad de lectura de un hispanohablante medio y, basándose en ello, se han calculado los caracteres que se pueden leer por segundo cómodamente en un subtítulo (en torno a 12 y 15 caracteres por segundo, espacios incluidos, con un máximo de en torno a 72 caracteres en total, distribuidos en dos líneas). Además, si hay dos personajes, hay que dedicar una línea de subtítulo a cada uno de ellos (si hay un tercer personaje que habla, directamente no puede subtitularse). Y, cada vez que hay un cambio de plano, hay que cambiar de subtítulo porque, si no, el ojo tiende a volver al principio de la frase y releer el mismo subtítulo. Es decir, que si un plano dura dos segundos, tendremos 30 caracteres para ese subtítulo, independientemente de lo que se diga en él y de los personajes que intervengan. En suma, la labor de subtitulación tiene mucho de resumen. Se pierde muchísima información (sobre todo en películas donde los personajes hablan mucho y rápido, como las de Woody Allen); no se puede pretender que sean una transcripción del guión, porque serían imposibles de seguir. […]

Espero que esta entrada y la fenomenal explicación de Lucía os hagan, al menos, mirar nuestra profesión con otros ojos y entender la diferencia entre el subtitulado profesional y el amateur, al que, que quede claro, no demonizo en absoluto; más bien, agradezco que su existencia haya abierto un debate que puede desembocar en un viraje hacia los tan deseados estrenos simultáneos. ¡Viva el sentido común y abajo la rigidez! ¿No os parece?

I can’t wait any longer / oh yeah, ‘cause I need you NOW.

No puedo esperar más, / te necesito YA.


[1] Fecha: 11 de febrero de 2012. Podéis leer la carta entera en esta entrada del blog de Jota Martínez Galiana, traductor y subtitulador de los principales festivales de cine de España.

¿Doblaje o subtítulos? ¿Es que hay que elegir?

Ayer leí la entrada recién horneada del blog de mi compañera Lorena Ruiz, El diccionario traidor, del que soy fiel seguidora desde su entrada anterior (no sé si tendrá que ver con que hemos estudiado el mismo máster, pero me siento bastante identificada con las reflexiones de esta chica). El caso es que leyendo este artículo, que recomiendo a todos los que os interese conocer los orígenes del doblaje, he recordado que llevaba bastante tiempo queriendo escribir una entrada sobre el debate que ella deja entrever: ¿versión original o versión doblada? Pero me gustaría ir más allá partiendo, si Lorena me lo permite, de una frase de la entrada mencionada, que se desvía de su tema principal y se pasa al lector como una patata caliente:

¿Hablaríamos los españoles mejor el inglés si viésemos películas y series en versión original?

Espero que a mi compañera no le importe que yo quiera enfangarme y sembrar la polémica, porque creo que ya no hay vuelta atrás. Recomiendo que leáis la entrada citada como introducción a esta en la que ya estáis sumidos, si es que no estoy lanzando pelotas contra un frontón.

Esta pregunta retórica se la hizo el año pasado Ángel Gabilondo, el entonces ministro de Educación, que llegó a la conclusión de que sí, y de que eliminar progresivamente el doblaje del cine podía ser una solución para el pobre conocimiento de idiomas patrio.

Y es que el idioma es lo de menos. / ¿Sabes, mona? Hoy me voy a enamorar.

Esta propuesta la secundaron la entonces ministra de Cultura, de cuya ley no quiero acordarme, y el entonces responsable del Instituto del Cine y las Artes Audiovisuales (ICAA), Ignasi Guardans. Esto hizo sonar la alarma en la industria del doblaje, y puso de manifiesto una reivindicación, la de la versión original, que los amantes del cine llevaban presentando desde que se instauró el doblaje en España.

La idea perdió fuerza por dos razones. La primera, la económica: eliminar una industria que da de comer a 30 000 personas y mueve 300 millones de euros al año[1] es una locura y un suicidio, y más en tiempos de crisis. La segunda era el argumento falaz en el que se basaba: a más versión original, más idiomas sabrán los españoles. Como señala Juan Sardá en el interesante y pertinentísimo artículo de El Cultural «Doblar o no doblar; ser o no ser del cine», el sector del doblaje puso sobre la mesa un documento con datos reales que demostraban que el razonamiento era falso, que no existe una relación directa entre ver cine en versión original y hablar bien un idioma.

Y entonces llega el momento en que una servidora deja de informar y se moja. Como podréis deducir, como espectadora y amante del cine voy únicamente a salas que emiten películas en VOS, y en casa veo series y películas en VOS —o directamente en VO— siempre que es posible (aunque he de decir que hay ciertas películas que no me importa ver dobladas, como las de Pixar, o que incluso prefiero ver dobladas, como las desternillantes y acertadísimas versiones del cine de los Monty Python). Estoy con Boyero, y con muchos otros, en que solo se pueden apreciar las interpretaciones de los actores en versión original, y aborrezco el tono neutro y planchado de las voces del doblaje, en las que se pierden el grano, los matices expresivos y, en ocasiones, ciertos detalles de la trama. Sin embargo, me parecería absurdo y poco práctico abolir a golpe de decretazo una industria próspera y generadora de empleo como la del doblaje, aunque fuera progresivamente, y no solo porque yo forme parte de dicha industria. Y no solo se trata de pragmatismo y de economía, sino de respeto por la libertad de elección del espectador, porque no todos preferimos el mismo formato. Creo que lo que hay que buscar es la convivencia de ambas opciones pues, como señala en este artículo Paula Mariani, la presidenta de la Asociación de Traducción y Adaptación Audiovisual de España (ATRAE), «la versión original y la doblada no son sustitutivas, sino complementarias». La prohibición del doblaje habría sido una medida tan antidemocrática como la imposición del doblaje de los años 30, y demostraría, una vez más, que estamos anclados en el pasado.

El reto ahora está en equilibrar la balanza: lograr esa convivencia a la que apunta Mariani fomentando una versión original que, si nos descuidamos, va a esfumarse de las salas de cine. Para que os hagáis una idea, actualmente solo el 1,2 % del público de las salas de cine ve películas en VOS —aunque habría que ver qué porcentaje de espectadores prefiere la VOS al ver las películas en casa—, y de 4000 pantallas de cine que hay en el país, solo en 80 se proyectan películas en VOS[2]. Ese 1,2 % se debe, en parte, a la falsa asociación de este formato con el concepto de «cine de arte y ensayo», con el cine culto. En cuanto a la última cifra, tiene una explicación que no sé si conoceréis: las copias subtituladas son mucho menos rentables que las dobladas para las distribuidoras y exhibidoras; como explica Enrique González Macho, de Alta Films, mientras que una copia doblada cuesta 700 euros y luego se va replicando, cada copia que se subtitula cuesta 3000 euros, pues subtitular implica incrustar los rótulos copia a copia. Entonces ¿cómo se va a fomentar la versión original subtitulada si todas las cifras apuntan a la ruina? Pues abaratando la subtitulación adaptándola a los medios digitales (ya están tardando…). El futuro del cine pasa por ahí. Como prevé Josetxo Moreno, de Golem, en el futuro «no necesitaremos hacer copias dobladas o subtituladas, sino que con un disco duro podremos hacer en una sala dos sesiones en doblado y dos en original del mismo filme en un día». ¡Y tú que lo veas, Josetxo!

Sí, sueño con ese futuro que pinta Josetxo, en el que no haya que elegir entre la existencia del doblaje o de los subtítulos sino entre qué formato prefieres puntualmente como espectador, y me parece una pena que el mal planteamiento del debate que inició Gabilondo impidiera que fuera por estos derroteros. Ya podría haberse apoyado en los argumentos de los cinéfilos o de las distribuidoras, en vez de evadir una mejora del sistema educativo que se estaba —y se está, aunque hoy suene a utopía, y a chiste para algunos— pidiendo a gritos. Pero eso ya sí que es otra historia.

¿Y vosotros qué futuro preferís?


[1] Cifras extraídas del artículo de Juan Sardá publicado en El Cultural «Doblar o no doblar; ser o no ser del cine»: http://www.elcultural.es/version_papel/CINE/28446/Doblar_o_no_doblar_ser_o_no_ser_del_cine

[2] Cifras sacadas del artículo de Gregorio Belinchón publicado en El País «La versión original languidece»: http://elpais.com/diario/2011/06/10/cine/1307656802_850215.html

I am the passenger

Sí, parezco la eterna pasajera. Mucha gente se queda pasmada cuando le digo que, a mis veinticinco años, no me he sacado el carné de conducir todavía. Y no es que esté orgullosa de ello, pero tengo mis motivos para no darle prioridad a este tema. Personales y profesionales. No, no os traicionan vuestros ojos: he dicho «profesionales». Os creo cuando me decís que poner en el curriculum que se tiene el carné es un plus a la hora de buscar curro, pero en mi caso da un poco igual. Si me dejáis, os lo explico.

Los motivos personales son la clásica pereza y el desdén por mi escaso interés por los coches y el mundo del motor en general, que explican mi gran reticencia a invertir ahorros en la causa (aunque tampoco me hace mucha gracia que digamos pagar el tasazo de la Espe). Mis piernas inquietas tiran de mí también para que corra todas las mañanas para coger el autobús o para marcarme una carrera de obstáculos en el metro. Estar quieta mucho tiempo me mata, y los atascos pueden con mi paciencia. También detesto depender de sitios para aparcar en la gran ciudad.

Pero bueno, vayamos al motivo profesional, que es el que realmente nos concierne y el que os intrigará, si es que he conseguido intrigaros lo más mínimo. La ventaja de ir en transporte público para mi profesión la he descubierto hace bien poco, cuando he empezado a traducir y subtitular pelis, series, documentales y todo aquello que requiere bajar a la calle para acercarse a la oralidad, al lenguaje coloquial. Si pasas el día entre cuatro paredes para luego meterte en la burbuja del coche e ir al gimnasio o tomarte un café con la amiga de siempre, tu traducción audiovisual pierde riqueza, naturalidad y verosimilitud. Vaya, que siempre traduces OK por vale y tus frases huelen a traducción y a Real Academia que tiran para atrás, o bien a la jerga de tu grupo de amigos o de tu familia.

Como me han dicho muchos profesores del posgrado, y he podido comprobar por mí misma, para traducir la oralidad hay que escuchar a la calle, igual que para traducir o escribir literatura hay que leer literatura. La calle se queja, la calle blasfema, la calle interrumpe frases para soltar carcajadas, la calle habla entre dientes, la calle construye frases con muletillas, la calle piropea, la calle marujea, la calle trabaja. Y qué mejor lugar últimamente que los autobuses, trenes y metros para sacar la antena y tomar nota. Allí puedes encontrar desde un vagabundo hablando solo hasta un hombre de negocios hablando por el manos libres (que también parece hablar solo). Desde un pitagorín que comenta un examen hasta un freak que comenta la última pantalla que ha pasado en un videojuego. De verdad, es una gozada. Además —y volviendo a los motivos personales—, sientes la calle, la vida, la ciudad. Por eso suelo ir sin cascos últimamente, y por eso a veces me siento (de «sentar», no de «sentir») sola en un bar a tomar un café o una caña.

«¿Y qué hace esta en vacaciones?», os preguntaréis. Pues sí, es verdad, llegan las vacaciones de verano y ser pasajera pierde la gracia y la utilidad, y mi sólida torre de argumentos se desmorona: ay, ¿cómo voy a llegar en autobús a esa playa recóndita del Cantábrico? Habrá que hacer autoestop.