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El desafío de traducir y subtitular contrarreloj

15 horas. Un guion. Un episodio de 20 minutos plagado de juegos de palabras, guiños, referencias culturales y palabras malsonantes. Mucha concentración. Mucha tensión. Mucha luz artificial. Mucha cafeína. Muchas ojeras. Mucha soledad. Muy poco margen de error.

Cuando me llamaron hace cuatro meses de Comedy Central para ofrecerme traducir y subtitular la 18.ª temporada de South Park para su emisión en VOSE con solo 24 horas de diferencia respecto al estreno en EE. UU., no pude resistirme. La aventura tenía todos los ingredientes para convertirse en épica, y me podían las ganas de aprender y experimentar cosas nuevas. Solo había que acordar un presupuesto digno, teniendo en cuenta la nocturnidad, la urgencia y la exclusividad prácticamente de dos días enteros (los miércoles por la mañana tenía que descansar para estar fresca y los jueves me despertaba a la hora de comer como si hubiera estado toda la noche de farra). Me aceptaron el presupuesto y… ¡fuego!

Solo temía dos cosas: las referencias a episodios de temporadas anteriores —yo me había quedado en los principios de la serie— y el nulo margen de acción en caso de imprevistos —enfermedad, avería técnica, corte de la luz, fallos del programa de subtitulación, viaje urgente por trabajo, dejarme las llaves dentro de casa…—, pues tenía que estar disponible todas las tardes de los miércoles y madrugadas de los jueves durante 10 semanas, y la sombra de Murphy es alargada. Claramente había que ser previsores y, por ello, pedí guiones traducidos de temporadas anteriores y me busqué una suplente: mi camarada Carmen Martín, fiel y fiable amiga y compañera de muchas batallas traductoriles, entre ellas los premios Kids’ Choice Awards que tradujimos para el mismo cliente.

Levadas las anclas, zarpamos. Y todos juntos. Nada de ir el traductor en su frágil bote de madera, solo contra viento y marea. Nos convocaron a Carmen y a mí a la reunión general del equipo, en la que se habló de la planificación y todos planteamos dudas. Días después trabajé codo con codo durante seis horas en la oficina del cliente con Víctor Jabato, que se encargaría de incrustar los subtítulos con el Final Cut, para hacer infinitas pruebas hasta encontrar el mejor formato de subtítulos posible y atajar los fallos antes de que se produjeran. Fue un tiempo muy bien invertido. Da gusto cuando un cliente cuida y tiene en cuenta al traductor. Demuestra profesionalidad y valor por la calidad. Así dan ganas de hacer muy bien las cosas.

Total, que la dinámica cada semana fue esta: recibía un guion —de entre 3000 y 3500 palabras de diálogos— todos los miércoles entre las 17.00 y las 19.00, sin imagen; quitaba todo lo que no eran diálogos y lo importaba en el FAB —este proceso me lo enseñó Manuel Cascón y le estaré siempre agradecida— para ir traduciéndolo hasta que llegaba la imagen sobre la una de la madrugada, cuando me ponía a subtitular hasta acabar: a veces a las 7.00, otras a las 8.00, y más de una vez a las 10.00. A Víctor le pasaba los subtítulos exportados a .xml.

Pero lo que todos, traductores o no, os estaréis preguntando es… ¿no ha sido divertidísimo subtitular South Park? La verdad es que sí, y eso es precisamente lo que hace que sea más leve el trabajo hercúleo que requiere. South Park es mucho más que una serie de animación irreverente: es una sátira de la actualidad de la que difícilmente se salva nadie mínimamente famoso. Los diálogos son rápidos y ocurrentes. Abundan los juegos de palabras y los tacos, que se tapan con un pitido deliberadamente para remarcarlos, a modo de parodia de la censura (lo que obliga a usar tacos en los subtítulos también).

Todo esto requiere estar muy despierto —de noche— para no perderse ningún guiño, porque el guion se limita a describir lo que se ve; tener mucha cultura general; ser muy creativo; y, sobre todo, estar muy al tanto de la actualidad estadounidense e internacional. Para que os hagáis una idea, en esta última temporada, emitida de septiembre a diciembre, se han tratado temas como el ébola (justo antes del contagio de Teresa Romero); los drones como instrumento policial; Uber; el crowdfunding; los lanzamientos de Apple; el asesinato de negros en Nueva York por parte de la policía; el exhibicionismo, la cosificación y el culto al culo de las estrellas del pop actuales; los juegos y apps freemium; los hashtags y el Twitter en general; el dominio de los comentarios por encima del contenido en las redes sociales; los Oculus Rift de realidad virtual; la transexualidad; la obsesión por los alimentos sanos; los comentaristas de videojuegos como PewDiePie; el anuncio de Lincoln protagonizado por Matthew McConaughey; o la polémica en torno al nombre del equipo Washington Redskins.

Todas estas dificultades se sortearían con mayor o menor acierto en condiciones de trabajo normales. Si algo se te atraganta, lo dejas reposar, te vas a dar una vuelta, o comes, o duermes, y lo retomas después. Pero cuando te ves sola, de noche, sin poder consultar dudas a colegas porque la ciudad duerme y, sobre todo, viendo correr las agujas del reloj, no puedes recurrir a esas tácticas, y os aseguro que la creatividad se hace muy cuesta arriba. Aún así, se ha intentado. Os pongo algunos ejemplos con vídeos de juegos de palabras y escenas que costaron especialmente. Para ver los vídeos, pinchad en los rectángulos blancos y negros que veréis a continuación (como son enlaces de la página oficial de South Park, no puedo incrustrarlos directamente en el blog). En casi todos los episodios, el juego de palabras del título marca toda la trama y los diálogos. Perdonadme si en algún caso podría haber estado mucho más ingeniosa…

Episodio 1: Go Fund Yourself. Cartman y compañía montan una empresa y le ponen el eslogan «Go Fuck Yourself» (literalmente, «que te den», «que te jodan»). Más adelante la convierten en una empresa de crowdfunding y le cambian el eslogan a «Go Fund Yourself». En mis subtítulos pasó de «Que te follen» (quise que al menos la inicial del verbo fuera la misma) a «Que te financien».

 

Episodio 3: The Cissy. Cisgender+sissy (cisgénero+sarasa o cualquier forma despectiva de llamar a un gay). Cartman inventa el insulto cissy para referirse a «los cisgénero intolerantes con los transgénero». Mi propuesta: «El “cisarasa”».

Dentro de este episodio, Cartman, que suele equivocarse al hablar, dice «transginger», «cisginger» y «ginger» («transjengibre», «cisjengibre» y «jengibre») en vez de «transgender», «cisgender» y «gender», y a mí se me ocurrió traducirlos por «transaxual», «cisaxual» y «saxo».

 

En este episodio tuve que pedirle a mi colega Carolina Sastre, que traduce la serie para doblaje, que consultara un guion original de la temporada anterior. (Gracias, maja).

Episodio 4: Handicar. Handicap+car (minusvalía+coche). El episodio parodia la polémica de Uber. Y el Handicar es una especie de taxi conducido por un minusválido en silla de ruedas. Mi propuesta: «Retracar». Sé que las personas con retraso mental no van en silla de ruedas generalmente, y que este chiste en otro tipo de serie no valdría, pero como en esta son tan faltosos, busqué la gracia irrespetuosa. En este episodio perdí irremediablemente un juego de palabras: handicap como minusvalía y como gorra (cap) de conductor de Handicar:

Anyone can be a Handicar driver now. All you have to do is get your own wheelchair and you can earn a handicap.

Al señalarse la gorra, la imagen mandó y tuve que hablar de la gorra:

Es que ahora cualquiera puede conducir un Retracar. Con una silla de ruedas, te dan la gorra de minusválido.

Episodio 5: The Magic Bush. Bush (arbusto, matojo) aquí hace referencia al vello púbico de la madre de Craig, y hay mucho jueguecito, como este:

 There’s nobody regulating these drones and if we don’t do something now, we’re gonna be up to our navels with bush. Ehh… Up to our necks in trouble. Sorry.

Mi propuesta:

No hay leyes que lo regulen. Es un asunto peludo. Digo… peliagudo. Perdona, Laura.

Episodio 7: Grounded Vindaloop. Desde el punto de vista técnico, lo que más me costó subtitular de toda la temporada fue el siguiente diálogo entre dos teleoperadores que parecen el mismo. Había que respetar los cambios de plano para que el espectador no se hiciera un lío y supiera cuál de los dos hablaba. Además, en él sale el juego de palabras que da nombre al episodio. Vamos, que lo tiene todo:

 A customer who was in virtual reality called customer service and it has created a customer feedback loop. Okay? Here in India we call it a Customer Feedback Vindaloop.

El vindaloo es un tipo de curry indio, y loop es bucle en inglés técnico. Un bucle a la india, vamos. Para más inri, en el título se añade grounded, que significa molido pero también castigado, y en el episodio aparece precisamente un castigo de Butters. Después de probar con varios nombres de platos indios, y con las neuronas fritas, pensé que el término loop se utiliza mucho como anglicismo en el lenguaje técnico, y decidí dejarlo tal cual para conservar la gracia: Aquí en la India lo llamamos «vindaloop». El título que propuse fue: «Al rico vindaloop».

Episodio 8: Cock Magic. Este episodio y el juego de palabras inherente fueron bastante infernales. Tuve que tomarme algunas licencias. El episodio va de que se celebran unas peleas de gallos (cockfights) que, en vez de ser físicas, son combates de cartas Magic entre gallos. ¿Qué pasa? Que Randy lo entiende mal y piensa que se refiere a hacer magia con su miembro (el otro significado de cock…), un «arte» que por lo visto dominaba de joven.

Como casi todos los diálogos giran en torno a este juego y esta confusión, no tuve más remedio que traducir cock como polla, con el significado de pene y de hembra del pollo.

 Dad, that’s not… that’s not Cock Magic.

Que subtitulé así:

Son «pollas de Magic», no «magia de pollas».

Al episodio lo llamé «Peleas de pollas», y tengo que decir que tuve la inmensa suerte de que Víctor, el editor, era todo un experto de las cartas Magic. Gracias a sus correcciones, los más frikis de este juego no se me echarán encima cuando vean los subtítulos.

Episodio 10: #HappyHolograms. Este fue el último episodio de la temporada, cuya emisión coincidió con el inicio de las vacaciones de Navidad. De ahí el juego de palabras entre Holidays y Holograms, porque va de un especial de Navidad de la tele (Holiday Special) donde actúan hologramas de famosos ya fallecidos. Como mantener «hologramas» y felicitar las fiestas no era posible en español, se me ocurrió aprovechar que el título en sí es un hashtag de Twitter y que salen muchos hashtags en el episodio (durante los diálogos, lo que también me supuso un desafío técnico: ¿Qué subtitulo y qué no?), y propuse esto: «#FelicesFieshtags».

Este episodio, además, trajo bajo el brazo un regalito de Navidad: empieza con una poesía que hace Kyle. Cuando traduces a contrarreloj, respetar unas rimas cuesta sudor y sangre. Me planteé darle una vuelta al diálogo para no tener que rimar, porque al fin y al cabo eran subtítulos y no doblaje, pero al final acabé haciéndolo (con alguna rima mejor que otra):

 

Mi traducción de la poesía:

La Navidad ha llegado,

pero está en decadencia,

porque nadie quiere ser bueno,

sino ser tendencia.

 

Los jóvenes están absortos,

ya solo les interesan

los que en YouTube son famosos.

 

Comentan los comentarios.

Tanto hemos cambiado

que jugar a la Xbox con tu hermano

es cosa del pasado.

 

Mamá con el iPad,

papá intentando molar,

mientras la familia se rompe,

y el salón se nos va.

 

Porque lo que une

no es ir a misa ni de excursión.

Lo que une realmente

es la vieja televisión.

 

Ahora vemos las cosas

y las tuiteamos luego.

-Y, si te quejas, te llamarán…

-¡Abuelo!

 

Tendré que tuitear esto

para que lo comentéis:

«Cuanto más conectados,

más solos estamos.

 

Si queréis cambiar

y lo veis todo negro, como yo,

seguid este hashtag: #SOSalón.»

En definitiva, ha sido una experiencia muy enriquecedora y la repetiría, pero creo que la calidad de las traducciones y los subtítulos puede resentirse por el ansia del público por los estrenos simultáneos. ¡Y la salud de los que trabajamos! Ganaríamos todos mucho con solo 24 horas más de margen. Por último, quiero recalcar que recibí ánimos y comentarios del cliente antes, durante y después de la serie, algo muy de agradecer. Es un gesto que cuesta muy poco y motiva mucho. Hubo comentarios que me emocionaron, sin exagerar. Lamentablemente, en el mundo del doblaje y la subtitulación pocas veces el trabajo del traductor y el subtitulador es valorado como se merece. Yo con Comedy Central me quito el sombrero. Hasta están estudiando mi propuesta de firmar los subtítulos para futuras series. Creo que sentarían un gran precedente en televisión. Yo firmo por ello, nunca mejor dicho.

Doblajes salvajes, ¡grrr!

salvaje.

4. adj. Sumamente necio, terco, zafio o rudo. U. t. c. s.

Hoy la cosa va de salvajadas en doblajes, sí, pero antes una aclaración. Como habréis podido comprobar si habéis leído mis anteriores entradas, aunque como espectadora prefiera la versión original subtitulada, respeto el doblaje como opción para el espectador y como industria. He podido ver muy de cerca el complejo proceso que implica, y conozco a muchos profesionales que miman los doblajes que dirigen o supervisan casi como si fueran sus hijos. El doblaje no es precisamente un proceso en el que haya lugar para la dejadez. A los que no lo conocéis os sorprendería la cantidad de fases, verificaciones y controles de calidad por los que pasa el guion que entrega el traductor hasta llegar a los oídos de los espectadores de la copia doblada. De hecho, como muchos ya sabréis, las traducciones originales no son más que borradores con notas que se van modelando después, normalmente —y en esto no estoy de acuerdo— sin consultar al traductor y a veces incluso sin consultar el guion en su idioma original.

Seguro que algunos de vosotros tenéis como hobby ver películas dobladas en la tele y poner a la vez los subtítulos para jugar a las siete diferencias. Pues escuchad: dejad de señalar al traductor cuando oigáis licencias en el doblaje que se alejan totalmente de lo que dicen los subtítulos. Normalmente se toman en la fase de ajuste para mejorar la sincronización labial y pocas veces son errores reprochables. Pero a veces sí lo son. Por eso quería hoy analizar un par que me tienen intrigada, dejando al margen los doblajes de la censura franquista, que es un tema muy trillado explicado ya muy bien en el documental Expediente 121: La censura en el cine. Los dos ejemplos de fragmentos de doblajes fallidos que quiero poner hoy los he sacado de las películas Salvaje y Toro salvaje, y ambos los encontré de casualidad.

Salvaje (The Wild One). László Benedek, 1953

Escena original:

En el minuto 0:37, tenemos este mítico diálogo:

—Hey Johnny, what are you rebelling against?

—What do you got?

Que se podría traducir así:

—Oye, Johnny, ¿contra qué os rebeláis [los del Black Rebels Motorcycle Club]?

—Contra lo que nos da la gana. [Literalmente, «¿Qué tienes por ahí?»]

Ese What do you got? es la frase más famosa de la película. Expresa una rebeldía contra una sociedad y un sistema en los que estos moteros no parecían tener cabida. Una actitud «contra todo» —pero ojo, no sin causa— que surgió tras la II Guerra Mundial y que muchos han vinculado al movimiento punk. De hecho, yo me interesé por esta película y cacé el desliz del doblaje que ahora os enseñaré mientras subtitulaba el documental Punk: Attitude. En él, Legs McNeil, cofundador del mítico fanzine Punk y coautor de Por favor, mátame[1], que puede considerarse la «Biblia del punk», afirma que la raíz de este movimiento es la famosa frase de Brando en Salvaje.

(…) I think it starts with Brando in the “Wild One”. The famous line from that of course was “What are you rebelling against?” And Brando turns to the camera and says, “What do you got?”. The rebellious part of it was very important because… people get too complacent. (Minuto 54 del documental)

Entonces, cuando quise buscar el diálogo en la versión doblada para utilizarlo en los subtítulos en vez de una traducción propia, esto fue lo que me encontré (minuto 08:53):

El What do you got? perdió su fuerza y el matiz de rebeldía al doblarse con un blandito «¿Te interesa?». Busco una explicación en la ficha de doblaje de la película y veo que, efectivamente, se dobló en 1974, cuando la censura franquista aún daba sus últimos coletazos. Quiero pensar que esa fue la razón, aunque solo en este fragmento hay otros dos detalles que no me convencen:

  • Que la pregunta sea «¿Contra qué te rebelas?» y no «¿Contra qué os rebeláis?» (a la mujer le acaban de explicar que las siglas de su chupa significan «Rebeldes negros, club de motocicleta»).
  • Cuando en la versión original están hablando de los pendientes de la chica y su amiga le dice a Johnny «Aren’t they cute?» (¿A que son bonitos?) (minuto 0:28), Johnny dice, irónicamente, con una falsa sonrisa y casi burlándose de ellas: «Crazy!» (algo así como un «Huy, no veas»). En la versión doblada (08:43), sin embargo, se pierde la actitud de Johnny, que llama «Envidiosa» a la amiga con una inocencia totalmente incoherente con el personaje.

Mi conclusión de este primer fragmento es que Salvaje es un ejemplo de película que nadie debería ver doblada, o que debería redoblarse, pues cuando se dobló quizá no se tenía la perspectiva ni la libertad suficientes para ver el símbolo en el que se convertiría con los años.

Toro Salvaje (Raging Bull). Martin Scorsese, 1980

El trabajo final del módulo de Teoría de mi posgrado de traducción audiovisual consistía en analizar una película (versión original y doblada) y explicar cómo sería su doblaje ideal. Yo elegí Toro salvaje, cuyo doblaje es muy afamado. Y la verdad es que es muy bueno, pero descubrí un detalle que me dejó un poco intrigada. Atención a la escena en versión original, con los comentarios del director en los subtítulos (no he conseguido que se oigan):

En esta escena, inmediatamente posterior a esta otra tan famosa, el protagonista, el boxeador Jake La Motta, quiere evitar que su mujer, Vickie, se vaya de casa después de una paliza que le ha propinado. Como se lee en los subtítulos del comentario del propio director, lo que interesaba en la escena era el silencio de ella. Traduzco el comentario: «En el libro [en el que se basa la película], ella llegaba y le soltaba una larga charla, para decirle que le dejaba, que se acabó. Al principio lo incluimos en el guion, pero luego nos dimos cuenta de que a esas alturas no hacían falta palabras, que lo importante era la acción». El de Vickie es un silencio significativo. Leí, ya no sé dónde, que Scorsese decía que en un momento dado abre la boca (minuto 1:15) pero no se oye nada, y es adrede. Está tan dolida que ni le salen las palabras. Se eliminó el audio en posproducción.

Sin embargo, mirad lo que encontramos en la versión doblada:

Eso es: donde no debía oírse nada, Vickie dice: «¿Qué otra cosa puedo hacer?». Supongo que en el doblaje optaron por rellenar esa boca deliberadamente a sabiendas de la intención de Scorsese, para que no pareciera que se trataba de un error de doblaje. La otra explicación es que se desconociera esa intención y no se hubiera intuido. Sea como sea, para mí es un fallo. Es una frase que rompe totalmente con la atmósfera de la escena, elocuente por la mera presencia y el silencio de la mujer.

Abrí un hilo en los foros del posgrado para comentar esto con los compañeros y para preguntarle qué pensaba a Gonzalo Abril, mi profesor de ajuste y uno de los mejores directores y ajustadores de doblaje del país, además de un tío encantador. Cito aquí su respuesta:

Habitualmente solo doblamos lo que oímos y damos por supuesto que aquello que no se oye, a pesar de que el personaje mueva los labios, no se oye porque el director de la película así lo ha querido. También es cierto que en ocasiones, para evitar que pueda parecer un fallo del doblaje, hay quien prefiere doblar esa boca. Dado el gran reparto de la versión doblada, y aunque no sé quién fue el director de la misma, me inclino a pensar que se desconocía el deseo expreso de Scorsese.

No sé qué pensaréis vosotros. Quizá los profesionales del doblaje que hayan leído hasta aquí puedan aportar algo de luz, e incluso, con un poco de suerte, llegará aquí alguien que estuvo implicado en aquel doblaje del año 81, y nos saque de dudas. Lo grave es que se haya sacado un DVD especial 25.º aniversario y esto no se haya corregido.

En fin, viendo estos dos ejemplos, me reafirmo en mi idea de que, para doblar algo, se debe respetar al autor y al espectador: a la intención del guionista o director y al derecho del espectador de la versión doblada a disfrutar de la película igual que el espectador de la versión original. Y este respeto debe ejercerse en todas las fases, empezando por la traducción, para que los moteros rebeldes no se conviertan en niños condescendientes y las mujeres hagan las maletas sin tener que dar explicaciones.


[1] Título original: Please Kill Me: The uncensored Oral History of Punk (1996). Versión española editada por Libros Crudos.

Cinema Paradiso: Cines incendiados y besos clandestinos

El camino que sube a Malasaña desde Gran Vía, entrando por la calle Tudescos, para atravesar la Plaza de la Luna y subir por la Corredera Baja de San Pablo, lo puedo hacer con los ojos cerrados. Suelo emprenderlo a tiro fijo, con ese aislamiento del entorno que adoptamos los que vivimos en las grandes ciudades, ajena a malabaristas, niños jugando al fútbol y vendedores ambulantes. Pero aquel día algo me llamó la atención. Me paré en seco. En la esquina de la Corredera con la plaza, sobre los emblemáticos —y ya ruinosos— Cines Luna, y tras el ventanal ahumado, observé unas personas sudando en bicicletas estáticas. Estaba parada en medio de la plaza, con la boca abierta y un nudo en el estómago, cuando alguien me habló, ofreciéndome un flyer: «¿Lo conoces? Es el nuevo gimnasio de lujo bla, bla, bla». No, gracias. Aturdida, seguí mi camino. Me sentía como Totó cuando vuelve a su aldea siciliana en Cinema Paradiso. Aunque esos cines en concreto no me evocaran recuerdos, la sensación de la pérdida del cine, y de la cultura, era la misma.

La transformación de los Cines Luna en un gimnasio de lujo es solo un símbolo de la decrepitud de este país, en el que se recorta en servicios públicos y se mata la cultura en favor de candidaturas olímpicas, de megacasinos, de clubs de golf privados y de la explotación comercial a dolor de lo público (por citar algunos disparates); y un ejemplo de las decenas de cines que se han cerrado durante los últimos años. Hay ciudades de España donde ya no queda ninguno, como Pontevedra, la primera capital de provincia en esta situación, donde desahuciaron —no les vale con las personas— al único que había. No menos sacrilegio es la apertura de un H&M sobre los Cines Avenida de la Gran Vía madrileña, o —se rumorea— la futura conversión de los Cines Luchana en un Mercadona.

Pienso en todo esto y me viene a la cabeza una escena de Los ilusos, la segunda película de Jonás Trueba, un homenaje al Madrid castizo, sin maquillar, y, sobre todo, al cine y a los cines. La escena consiste en un desfile de fachadas de cines de la capital, con sus neones en blanco y negro, al compás de la música y con una voz en off susurrada que dice: «Desde que se inventó el cine, vivimos tres veces más: vivimos experiencias que no viviríamos de otra manera, aprendemos cosas y, sobre todo, ahorramos tiempo». Me puso la piel de gallina y volví a sentirme Totó. Parecía el presagio de un futuro sin salas de cine. De hecho, días después de verla, se publicó la noticia de la quiebra de Alta Films, con el consiguiente cierre de algunos de sus cines Renoir, unas salas en la ruina pero no ruinosas, que eran el referente de los que amamos el cine de calidad. Esto sí que fue una bofetada.

Y la «crisis» parece la culpable de este descalabro cultural. La gente gana menos o no gana, y van y suben el IVA. Todo concuerda. Es innegable que este cóctel explosivo ha hecho que las taquillas se resientan, y muestra de ello son las interminables colas que se formaron hace unas semanas durante los tres días de la Fiesta del Cine, en los que el precio de las entradas se redujo a 2,90 euros.

Entonces, ¿antes de la «crisis» y de la subida del IVA desbordábamos los cines? Nanay de la China. Como mucho, íbamos un poco más que ahora. Para mí, el problema es más gordo. Hay que ahondar un poco más para ver todas las causas, e incluso hacer autocrítica. Yo creo —y aquí es donde, seguramente, me empezarán a llover piedras— que el acceso fácil y gratuito que da Internet al cine, y también a la música y a la literatura, ha hecho que minusvaloremos todo ello, que lo consumamos en masa, casi sin saborearlo. Ojo, que no estoy en contra de esto; al revés, estoy totalmente a favor de la difusión gratuita de la cultura para el disfrute personal y suscribo el mensaje del documental Copiad, malditos. Eso sí, considero que este fenómeno ha cambiado nuestra percepción del cine y esto, sumado a la picaresca española, ha derivado en un: «Bah, si la podemos ver gratis, mejor gastarnos estos ocho euros (antes del “IVAzo”) en unas cañas con los colegas». Quien esté libre de culpa que tire la primera piedra. Es una decisión totalmente respetable, pero también explica lo que está pasando, incluida la bajada de tarifas que estamos sufriendo los traductores audiovisuales (esto ya lo mencioné en una entrada anterior y merece un capítulo aparte). Creo que, aunque no hubiera «crisis» y tuviéramos sueldos razonables como para que el cine no nos pareciera caro —objetivamente, no lo es—, acabaríamos igual. El «IVAzo» solo ha sido el detonante, la sentencia de muerte de un inocente que estaba ya agonizando.

Quizá tenemos que aceptar que las salas, tal como las conocemos, ya no son sostenibles. Esto es lo que han previsto las plataformas asequibles como Filmin o Wuaki. Pero también podemos buscar otras opciones para no matar la magia de la sala oscura y la butaca. Yo, por ejemplo, prácticamente voy solo ya a salas alternativas para ver las películas que ya tendría que haber visto o que nunca vi en pantalla grande, como la Filmoteca o el Cine Estudio del Círculo de Bellas Artes (este último en peligro de extinción, según leo en esta noticia), o películas que no están dentro del circuito comercial, como la fantástica Cineteca del Matadero de Madrid.

¿Y qué pasa con los estrenos? También hay soluciones para eso, y aquí viene la buena noticia. Como respuesta al cierre de algunos cines, están surgiendo iniciativas ciudadanas de autogestión de salas. El mejor ejemplo es el de Cineciutat, antiguo Renoir Palma, un cine reabierto y rebautizado por una asociación sin ánimo de lucro, compuesta de vecinos que querían salvarlo. Su éxito es la prueba del «Sí se puede» en la recuperación de salas cerradas, y ha inspirado a la asociación Cines Zoco Majadahonda, que está siguiendo su modelo para reabrir los Renoir Majadahonda, cerrados el pasado abril. Yo me he hecho socia y, junto a mí, otras 832 personas. Necesitamos 1300 para que el proyecto sea viable. Ojalá sea posible.

Otro frente abierto es el de la asociación Salvemos los cines que, impotente ante la caída de salas como fichas de dominó, lucha por preservar el uso cultural de esos espacios. Si no pueden ser cines, que sean teatros o centros culturales. Esta tarde, precisamente, se está celebrando una tertulia sobre este tema en el café Ajenjo de Madrid.

Observo este panorama y cada día estoy más convencida de que la salvación de la cultura en general está en la autogestión y el crowdfunding o financiación popular, porque hace tiempo que pasó a un tercer plano en la política. Solo espero que, como Cinema Paradiso, esta película acabe en besos, aunque sean clandestinos.

El torniquete fansubber

Vivimos en la era de la inmediatez. Los medios digitales nos han vuelto impacientes: tomamos una foto y la queremos ver al instante, chateamos y ansiamos una respuesta rápida, escribimos un artículo o una entrada en un blog y estamos ávidos de reacciones. Atrás quedó el romanticismo de la intriga y la magia del revelado fotográfico, la sonrisa indisimulada al abrir el buzón y ver asomarse una carta o una postal —personal, bien pensada, fruto quizá de varios borradores— y el deseo de que alguien llegara a leer lo que escribíamos.

Está claro que hemos cambiado, y eso no es malo. En general, nos hemos adaptado con naturalidad a las nuevas formas y, cuando algo no ha abandonado su rigidez, ha surgido alguna herramienta que ha servido de puente entre la vieja y la nueva forma. Este es el caso de los fansubs o subtítulos por amor al arte, que han nacido como un torniquete de emergencia, altruista y cooperativo, para detener la hemorragia de la fisura que hay entre el cine y las series de televisión en versión original y el espectador hablante de otras lenguas y, así, atender a la nueva necesidad de disfrute mundial simultáneo de los estrenos.

De este fenómeno trataba —con sospechosa superficialidad— una entrada del pasado 21 de junio en el blog «Quinta temporada» de El País, que desató una gran polémica tanto en el propio blog como fuera de él, y especialmente en los foros de subtituladores profesionales, entre los que me encuentro. Básicamente, los consumidores de fansubs defendían su derecho como espectadores a conocer sin rezagarse, los fansubbers se enorgullecían de su trabajo desinteresado y los profesionales como yo se quejaban del desconocimiento y la infravaloración de nuestra profesión. En realidad, a ninguno nos falta razón.

Es evidente que las grandes distribuidoras se han quedado atrás, no se han adaptado a los nuevos hábitos de los espectadores, y luchan contra la piratería avaladas por los Estados, sin darse cuenta de que no se puede poner puertas al campo. Pierden su hegemonía precisamente por cerrar puertas en vez de abrirlas, en vez de facilitar antes el material a las distribuidoras de los distintos países para que trabajen en ellas y se traduzcan y subtitulen antes. Soy consciente de que este proceso requeriría alterar las cadenas de comercialización de los productos audiovisuales —afectando, quizá, al tipo de material que recibirían los traductores subtituladores— y reconozco que no sé hasta qué punto sería posible, pero intuyo que podría conseguirse con ello el estreno simultáneo, que probablemente mitigaría las tan demonizadas descargas.

En realidad, los portales de descargas y los fansubs cumplen una función social, al satisfacer esa impaciencia fomentada por los nuevos medios, y son el reflejo de un nuevo hábito a la hora de consumir cultura: el afán de compartir y de comentar. Me admira, además, el altruismo de los fansubbers que, con mala técnica y ortografía y muy buena intención, dedican su tiempo libre a esta tarea. Otro aspecto de esta actividad es la habitual colaboración entre ellos, pues es materialmente imposible traducir y subtitular tanto en una noche, por muy chapuceramente que se haga. Realmente se trata de un trabajo en equipo. Ahora, si bien la cooperación como principio es muy positiva, aquí suele dar como resultado una incoherencia que se suma al resto de «taras» fruto de las prisas y de la falta de formación lingüística, traductológica y técnica que caracterizan a estos subtítulos amateur.

Esta herramienta defectuosa de urgencia facilita el acceso a la cultura y llama la atención sobre una necesidad, pero no se concibe como la «competencia» de la subtitulación profesional. Ni los fansubbers pretenden lucrarse con ella —el ánimo de lucro es incompatible con el espíritu free— ni los subtituladores profesionales la vemos como una amenaza. Por eso, el secreto a voces de que ciertas empresas están utilizando inmoralmente los fansubs en sus productos comerciales o en sus servicios como proveedores para evitarse el coste de unos subtítulos profesionales es un asunto grave que empieza a quemar en ambos colectivos. Y dice mucho de dichas empresas. Sí, allá ellos con sus conciencias y con la calidad que quieren para su producto, pero ¿por qué lo hacen? Eso es lo más grave y el origen de todo, para mí.

Si no se preocupan por pagar —o pagar una tarifa digna— por unos subtítulos de calidad, es porque el fenómeno fansubber ha provocado, creo que sin querer, una infravaloración general de la subtitulación profesional: «si este lo hace en una noche —falso, como aclaran en la entrada de El País— y gratis, es que es muy fácil y este otro nos quiere timar». Esta creencia proviene, a su vez, de una falta de criterio lingüístico de base, que impide diferenciar la piel de la «polipiel»; y, sobre todo, del desconocimiento general de la tarea de la subtitulación, con sus dificultades, condicionantes y limitaciones: no basta con saber idiomas. Por este desconocimiento, además, muchos espectadores que consumen versión original subtitulada y entienden el idioma original tienden a juzgar sin saber. Desde que conozco y ejerzo esta tarea, me parece un arte: el arte de sintetizar respetando al guionista (con su estilo, sus manías, sus registros) y al espectador de la VOS. Explicaría esto con mis palabras, pero me parece que ya lo hizo excelentemente hace unos meses mi compañera de gremio Lucía Rodríguez Corral, profesora de universidad y traductora audiovisual de gran trayectoria y con títulos importantes en su palmarés, en una carta que escribió al programa «No es un día cualquiera» de RNE[1], tras escuchar una tertulia sobre traducción llena de tópicos ilustrados. Ella la compartió con nosotros, los colegas, y yo quiero ahora compartir un extracto —el que nos compete— con vosotros, los que lleguéis a este blog y al final de esta entrada.

[…] La traducción para doblaje y subtítulos está sometida a unas condiciones excepcionales que le aportan dificultad:

Está sometida a muchas limitaciones impuestas por la imagen. No se puede traducir con la misma libertad que sobre el papel, porque hay una imagen que manda. No se puede poner nada que contradiga la imagen, lo cual muchas veces dificulta encontrar soluciones. No se pueden poner notas al pie, hay que dar una solución a absolutamente todos los escollos de la traducción, que no son pocos, puesto que las películas suelen venir plagadas de referencias culturales, juegos de palabras y chistes que requieren adaptación, y no se pueden explicar. Y, todo esto, en frases cuya longitud sea similar a la del original y suenen naturales.

[…]

En el caso de los subtítulos, normalmente el público no sabe que son como un crucigrama. Se ha estudiado la velocidad de lectura de un hispanohablante medio y, basándose en ello, se han calculado los caracteres que se pueden leer por segundo cómodamente en un subtítulo (en torno a 12 y 15 caracteres por segundo, espacios incluidos, con un máximo de en torno a 72 caracteres en total, distribuidos en dos líneas). Además, si hay dos personajes, hay que dedicar una línea de subtítulo a cada uno de ellos (si hay un tercer personaje que habla, directamente no puede subtitularse). Y, cada vez que hay un cambio de plano, hay que cambiar de subtítulo porque, si no, el ojo tiende a volver al principio de la frase y releer el mismo subtítulo. Es decir, que si un plano dura dos segundos, tendremos 30 caracteres para ese subtítulo, independientemente de lo que se diga en él y de los personajes que intervengan. En suma, la labor de subtitulación tiene mucho de resumen. Se pierde muchísima información (sobre todo en películas donde los personajes hablan mucho y rápido, como las de Woody Allen); no se puede pretender que sean una transcripción del guión, porque serían imposibles de seguir. […]

Espero que esta entrada y la fenomenal explicación de Lucía os hagan, al menos, mirar nuestra profesión con otros ojos y entender la diferencia entre el subtitulado profesional y el amateur, al que, que quede claro, no demonizo en absoluto; más bien, agradezco que su existencia haya abierto un debate que puede desembocar en un viraje hacia los tan deseados estrenos simultáneos. ¡Viva el sentido común y abajo la rigidez! ¿No os parece?

I can’t wait any longer / oh yeah, ‘cause I need you NOW.

No puedo esperar más, / te necesito YA.


[1] Fecha: 11 de febrero de 2012. Podéis leer la carta entera en esta entrada del blog de Jota Martínez Galiana, traductor y subtitulador de los principales festivales de cine de España.